Política cero

Entre Pablo Escobar y Sara Sefchovich

De la misma manera en que se negó a seguir la ruta trazada por su destino, también pudo haber hecho una apología de su padre como filántropo, pero no lo hizo, aunque Pablo Escobar Gaviria dedicaba buena parte de sus mal habidos recursos en el apoyo a comunidades olvidadas. Juan Pablo Escobar escribió Pablo Escobar, mi padre, a manera de advertencia para quienes suponen que la vida de narcos, capos y sicarios es tan glamorosa como se cuenta en los corridos.

En conversación, Escobar contó que por unos pocos años de emoción fuerte y desenfreno, lo que sigue es una vida de persecución, cárcel y muerte. Cuenta que en uno de sus refugios pasaron semanas de hambre rodeados de millones de dólares sin la posibilidad de salir a la esquina a comprar una libra de arroz.

En todos los años que han pasado desde que comenzó la guerra contra las drogas, los resultados han sido funestos. “Hay que dejarle de hacer la guerra a las drogas y dejarlas en paz”, que los gobiernos generen oportunidades, que cumplan con sus funciones.

A Juan Pablo no se le ocultaron las actividades de su padre, quien reconocía que era un bandido. Y aún así le dejó al hijo la oportunidad de ser lo que quisiera, que no estaba condenado a ser narcotraficante.

Y para confirmar que su vida tendría que ser otra, Juan Pablo tuvo que seguir a Pablo Escobar en un laberíntico recorrido de señalamientos, aislamientos y escapatorias donde, cosa curiosa, el lugar más seguro y familiar fue La Catedral. Y cuando la cárcel se transforma en algo idílico, sabes que algo debe estar muy mal.

Esto me recordó la tesis que sostiene la escritora Sara Sefchovich en su más reciente libro, ¡Atrévete!, donde luego de demostrar que todos los intentos por acabar con la violencia han fracasado, y renunciando incluso a sus vigores feministas, piensa que es indispensable reforzar el rol de las madres de familia sobre quienes recae la transmisión de valores, cultura, idiosincrasia y, sobre todo, autoridad moral.

Dice Sara que en la medida en que las madres no acepten y dejen de consentir el comportamiento criminal de sus hijos, rechacen los logros de sus excesos (una cosa es robar, plagiar, y otra descuartizar), no admitan obsequios mal habidos, las cosas pueden comenzar a transformarse.

Empezar a cambiar los paradigmas para que en el futuro nadie siga la sentencia de Pablo Escobar: “A mí nunca en la gran puta vida me van a agarrar vivo”.

jairo.calixto@milenio.com

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