Política cero

"Jelipillo" es un loquillo

Dicen los que han tratado con él, de manera cercana, que Jelipillo Calderón es un hombre irascible, tipo Donald Trump, que ante cualquier contrariedad se le salan las balatas y se le sulfura el espíritu. Ésa y que los uniformes de militar le quedan grandes como casi cualquier otra cosa, como la vestimenta presidencial, forman parte de su leyenda de estadista incomprendido; tan así, que hoy las malas lenguas dicen que es el asesor fundamental del presidente filipino, que en su lucha frontal contra el crimen organizado ya se llevó entre las patas a una buena cantidad de personas de esas que en términos militares se les denomina casi con desprecio como bajas de guerra y que habrían hecho desmayarse a quienes pertenecían a la secta de los NO+sangre.

Hay quienes piensan que Calderón en ese sentido es lastre puro para las aspiraciones de Margarita Zavala que, además de sus propios cadáveres en el clóset (espero que ya tenga bien preparada la respuesta a los insidiosos que a la hora de los debates le van a recordar la Guardería ABC y sus lazos familiares), va a tener que cargar con la incomprensión de aquellos que vieron el sexenio calderónico como un gran agujero sobre la tierra. Afortunadamente todavía hay gente que lo valora bien y que en los restaurantes exclusivos le aplauden con contenida emoción.

Seguramente si el ex presidente llegara a pasearse en el Metro o de haber ido al concierto de Roger Waters (algo imposible porque lo suyo son los boleros y las de José Alfredo según ha trascendido) o si se trepara a un colectivo de la ruta 18, la gente también le aplaudiría cual si fuera Carstens subiendo las tasas de interés o el padrote Padrés ganándole amparos a la PGR, que es el Cruz Azul de la impartición de injusticia.

Pero afortunadamente el gran Jelipillo, acusado alguna vez injustamente de tropezarse con frecuencia con botellas de Don Pedro, aunque nunca se comprobó (lástima, porque siempre dije que era lo único que para mí lo hacía humano), tenía un as bajo la manga. En una entrevista banquetera y frente a una provocadora pregunta sobre si se sentía responsable de la inseguridad en Tamaulipas, prácticamente sin hacer ningún gesto, ni detenerse en taladrar con la mirada al imprudente, se limitó a azotarlo con el látigo de su desprecio, limitándose a decir con la valentía que siempre le ha caracterizado: la siguiente pregunta, por favor.

Un estadista a la altura de Javidú.

Él sabe que el que se enoja pierde.

Ese Jelipillo es un loquillo.

jairo.calixto@milenio.com

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