Política cero

Isela Vega y la transparencia

Cuando ves a tantos políticos celebrando alguna medida, una nueva norma, una ley aprobada por apabullante mayoría, hay que irse con tiento. Digo, si algo hemos aprendido en este país nuestro como el que no hay dos en la vida, es que es indispensable administrar los entusiasmos, no vaya a ser que luego te lleves decepciones innecesarias que pondrían en peligro tu salud mental. Nada más acordémonos de temas tan legendarios como “la renovación moral”, el “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear”, “bienestar para tu familia” y demás. Ya se sabe, una cosa son las promesas y otras las certezas.

Todo esto viene al caso por la Ley de Trasparencia que tantos elogios y panegíricos ha generado desde la primera vez que oímos de ella, sobre todo por parte de políticos y funcionarios que no saben lo que es la morigeración, que no saben contenerse y luego luego arman su pachangón del Cinco de Maio, que tanto entusiasma a nuestros vecinos del norte. En ese sentido va el comentario del gran David Letterman, que vive tristemente los últimos días de su venerable show: “Cinco de Maio. Si lo piensan, es la fiesta de la gente a la que le queremos cerrar la entrada”.

Y sí; la fiesta es tal que cualquiera diría que los zacapoaxtlas se hicieron en Fort Bragg y no imperara la lógica del sheriff Arpaio.

Como quiera que sea, en esto de la transparencia deberíamos de aplicarlo al estilo de la siempre admirable Isela Vega, mascarón de proa de la vieja guardia de las actrices bravías, inteligentes y provocadoras. Esto me lo contó el gran Xavier Velasco: en una presentación en un antro el entusiasmo del público no la dejaba cantar como estaba estipulado. Como es de imaginar, le gritaban de todo por su paso en las películas de ficheras y demás audacias fílmicas insoslayables. “¡Pelos, pelos, pelos!”, “¡Mucha ropa!”, vociferaba el culto personal hasta que harta de tanta interrupción , Isela Vega mandó callar a la banda que la acompañaba y mirando de frente a la masa que la miraba expectante, se bajó las pantaletas para mostrar de izquierda a derecha, sin el menor asomo de pudor y mucha liviandad, lo que con tanta precisión cubría aquella prenda. Segundos después, la maestra, mirando con agresividad a toda esa gente, les dijo: “¿Ya? ¿Contentos? ¿Puedo seguir cantando?”

Y así lo hizo.

Una lección que debería aprender el flamante Instituto Nacional de Transparencia.

Seguro fue anticlimático, pero esa es la clase de transparencia a la que deberíamos aspirar.

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto