Política cero

¡"Guten tag", cabrón!

Ahora que ha muerto, creo que esto es lo que me hubiera gustado decirle un día al bigotudo de Günter Grass que, mirándome de reojo, echando humo de su pipa como un camión materialista pero no dialéctico frenando con motor en lo más peraltado de La Pera, alcanzaría a responderme en alemán insomne que traduzco libremente: “Cabrón, tú que querías ser como mi Oskarelo de El tambor de hojalata: ese niño que conoció el huevo de la serpiente y que un día decidió nunca crecer sin renunciar a sus malsanas aspiraciones de enano del tapanco con sexualidad nada rabona”. Y en eso tendría razón. Cuando el personaje se niega por convicción a ser un adulto como todos los barbajanes pro Hitler que acompañaban a su clasemediero padre, supe que ahí estaba la onda: excluirse de la madurez para ejercer el síndrome de Peter Pan con derecho a Wendy, no es tan mala idea.

Y es que Oskarelo, en el advenimiento del nazismo que estaba en la erradicación de todas las alternancias y alternativas, con su estentóreo tambor de hojalata y sus sísmicos gritos, podía romperle los esquemas a aquel sistema encabezado por un maniaco con bigotito e iniciativa.

¡Gunten tag, cabrón!, le hubiera reiterado al Günter ese cuyos libros deberían ser lectura obligatoria para todos esos y esas que hoy se manifiestan en forma de pinchemil spots con aburridos, predecibles, guangos y descoloridos discursos.

Sobre todo la parte en que Grass, en los últimos tiempos de su propia desmitificación, se niega a seguirle los pasos al revisionismo políticamente correcto que, puercamente, pretende obligar a los creadores, a tener una biografía inmaculada.

Por eso aguantó metralla cuando algunos puristas y puritanos lo acusaron de haber pertenecido a la SS como si en esos tiempos pudiera haber tenido otras opciones.  Pero ahí están sus textos para demostrar que lo suyo era el combate a los espectros hitlerianos con su arsenal de palabras.

Eso me recuerda un poco a aquellos que comenzaron a dudar de la obra del maestro Galeano, también tristemente fallecido, por “frivolizar” su obra —condenada al parecer a explorar las venas abiertas en América Latina— al dedicarle reflexiones, entusiasmos y asombros al futbol. Y hay una frase (además de aquella donde explica que cambiar de equipo es como cambiar de sexo) donde cuenta que recorre los estadios con la esperanza de encontrar “una buena jugadita por el amor de Dios”.  A mí me pasa lo mismo con las campañas políticas y puros catenaccios chafas que veo.

¡Guten tag, cabrones!

 

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto