Política cero

Birdman vs. Iron Man

Mientras veía pasar el Siglo XVI frente a mis narices con la marcha antiaborto que parecía sacada de un catálogo de inquisidores que le hubiera puesto los pelos de punta a Torquemada, me entero con no poco estupor que un estudio del INE arroja que solo 27 por ciento de los mexicanos confía en los procesos electorales (hasta los consejeros tenían sus dudas, pero con los camionetones de luxe que les dieron para laborar como dios manda, se les quitaron), amén de ese 75% de compatriotas que repudió la idea de ser funcionarios de casilla. Y con el mismo furor forense con el que los panistas odian el divorcio, abominan a las pécoras y le rinden culto a Montana.

Es increíble que se genere esta desconfianza en la democracia, que es como dudar de la honorabilidad de Romero Deschamps cuando checa un catálogo de yates al tiempo que se discutía la Ley anticorrupción. Más aún, cuando hay imágenes que demuestran que la política aplicada a los procesos electorales es un jardín de rosas. Por ejemplo, el PAN, a través de doña Chepina Vázquez Mota, le aplicó el alondrazo a la pequeña Alondra secuestrada por la Interpol, para vestir la campaña de Acción Nacional y tomarse las selfies necesarias de ocasión y comprometerse a luchar juntas por la justicia.

Y todavía hay quien se atreve a decir que los panistas se colgaron de la historia para llevar votos a las urnas.

Cómo tenerle grima a las elecciones cuando los políticos dan enormes lecciones filosóficas como el líder priista que es un dechado de transparencia y bonhomía, Camacho Quiroz, que arremetió contra los políticos de doble moral: de la esposa del góber de Puebla que está contra los candidatos guapos al líder del PAN al que le llama, con elegancia de estadista, “chillón”.

Hay que creer en la democracia por la manera en que se ha dado la rebatinga en Guerrero para encontrar un nuevo góber (¡ay, qué lástima, nos vamos quedar sin dos figuras centrales de la lucha por la justicia, el poeta Aguirre Rivero y el folclórico señor Ortega), pues después de gritos y sombrerazos —Navarretín quería meter a la contienda al nada oportunista senador Chofío Ramírez—, lo único que falta es un torneo de camisetas mojadas.

Una caballerosa batalla que solo puede ser comparada como la que ahora libran González Iñárritu y Robert Downey Jr, para decidir quién es más insoportable, autocomplaciente, tiquismiquis e incendiario, Birdman o Iron Man.

Ya no sé si México está en el siniestro mundo del kalimanesco  Humanón o de Ultrón.

 

jairo.calixto@milenio.com

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