Política cero

Argonautas vs. ‘gangsters’

La crisis griega, las presiones de los agiotistas bancarios, las amenazas de la Unión Europea y los berrinches del FMI, que tienen a la señora Lagarde más anaranjada que nunca, me traen gratísimos recuerdos de un profundo paroxismo poético-monetario.

Evoco así la perfumada mañanita de tu santo cuando nos cayó el chahuixtle del Horror de diciembre debidamente heredado por el licenciado Salinas en todo su infinito sentido solidario y patriótico, y espléndidamente administrado por Mr. No traigo cash Zedillo, a fuerza de juguetones anatocismos, ventas de garaje y Fobaproas para toda ocasión.

Nada más de evocar al otrora villano favorito de México me gana la nostalgia. Pienso en aquellos buenos tiempos en que cada vez que ponía un pie en México retumbaba en sus centros la Tierra, no como ahora, cuando cualquier plutócrata con chuchuluco como Donald Trump aparece y cunde la histeria colectiva. Resulta que sus declaraciones son más alucinantes que las del honorable titular de la Sagarpa, quien para superar a Herodes y Mamá Rosa, declaró: “Que los niños trabajen en el campo no afecta, fortalece y dignifica”. Por supuesto, no se refería a los niños de los jornaleros que ganan por década lo que el Piojo por un tuit del Partido Verde.

Como quiera que sea, en aquellos aciagos tiempos aprendimos de ese año que vivimos en peligro. Clarito se veía cómo a la gente se le caía el pelo cual chuchuluco de Donald ante el advenimiento de una crisis más, organizada por el partido tricolor, sobre todo a aquellos que, por confiar en Don´t Charly, se endeudaron con los bancos hasta el cogote en esas cosas diabólicas llamadas Udis. Muchos de ellos eran mis amigos que pocos meses antes le rendían culto al autodenominado “facilitador social” y que, por esos días, veían cómo sus cuentas bancarias pasaban dramáticamente a los números rojos.

Vi, nunca lo olvidaré, a las mejores mentes de mi generación perderse en las drogas económicas, los alucinógenos financieros y terminar regresando a vivir con la parentela en una suerte de experimento social que casi termina en suicidio colectivo.

Pero, al final, cuando más tenían la pata en el cuello, los deudores que tuvieron sangre fría y cojones se dieron cuenta de que, más allá de la paranoia, ellos podían acudir al clásico “deuda no niego, pago no tengo, y háganle como quieran”.

Y los bancos tuvieron que negociar y bajarle a sus latrocinios. Con la de Damocles desenvainada, los griegos van por la batalla definitiva: Argonautas vs. gángsters.

jairo.calixto@milenio.com

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