Tragedias del mercado

Si algo han nutrido las reformas emprendidas por el gobierno de Enrique Peña Nieto, son los mitos fundadores de supuestas legitimidades. La libertad individual, el progreso, las oportunidades de desarrollo se ven crecer bajo el manto protector de las reformas de mercado. La energía será más barata y accesible, se crearán empleos producto del desarrollo tecnológico, del aumento de la productividad y retomar la senda del crecimiento generará los impuestos necesarios para sostener a un sector público pequeño pero eficiente. Impulsar la competencia mercantil en las telecomunicaciones, terminará con el monopolio y la gama de servicios ofrecidos en Internet, telefonía y televisión, terminará con la brecha digital. La educación como vehículo de movilidad social ascendente se concibe como una precondición para obtener exitosamente los beneficios del mercado, a condición de que se cree capital humano. La reforma electoral propiciará nuevos arreglos institucionales que permitirán agregar los intereses dispersos en formatos políticos organizados.

Lo que estos mitos difunden y sostienen, sin embargo, niegan la tragedia que nace junto con ellos. Hilary Wainwright, Coeditora de la revista Red Pepper, de la nueva izquierda británica y Directora de investigación del proyecto New Politics, del Transnational Institute (TNI), escribió recientemente un artículo: “La tragedia de lo privado” (Agencia Latinoamericana de Información, 19-08-14) en el que desmitifica las bondades del mercado, particularmente de las políticas de privatización y subraya en contraste la potencialidad de lo público, siempre y cuando esto no se entienda como patrimonialismo del grupo y partido dirigente, sino como bienes públicos de servicio. Su escrito recuerda “La tragedia de los comunes”, un cuento popular del siglo 19, luego difundido en 1968 por un biólogo inglés, que describe cómo las decisiones individuales de ciertos pastores de ovejas, propietarios de un suelo común, cayeron en desgracia por no comunicar entre sí sus decisiones particulares.

Cada pastor únicamente consideró su decisión individual, pero no calculó lo que su decisión impactaba al conjunto. Las crisis contemporáneas se pueden comprender como producto de la ‘tragedia de los comunes’: la energía, los alimentos, las finanzas, instauran el caos y la atomización de las decisiones individuales y complican a tal grado esas crisis, que la regulación pública parece imposible. Pero sobre todo parece indeseable, por la imposición de límites a las libertades individuales que lo público significa. Hilary, en su artículo, pone de relieve lo “fundamentalmente inadecuado que resulta aplicar la lógica del negocio privado, basado en maximizar las ganancias, a la gestión de recursos compartidos, tanto naturales como sociales, y a la satisfacción de necesidades sociales.” Se ha demostrado que la privatización de bienes públicos ha fracasado ahí donde incluso se inventaron las reglas para liberalizar a ultranza al mercado: la Inglaterra Thatcheriana, o las ‘reaganomics’ en Estados Unidos.

El mito sobre la superioridad de la gestión privada sobre la pública se muestra para Hilary en la “tragedia de todo aquello que se opone al patrimonio común –lo privado, en particular– [pues] emana del supuesto de que las personas solo actúan en su interés propio e inmediato (en lugar de tener en cuenta los beneficios mutuos y las interdependencias) y que no se comunican –no hablemos ya de colaborar– en lo que se refiere a problemas compartidos.” A la par de las cacareadas reformas gubernamentales está surgiendo también una conciencia que revaloriza ‘El potencial de lo público’, que “parte precisamente de esa conciencia de la interdependencia y de los principios de sostén, cuidado mutuo y colaboración que surge de ella. Todos estos elementos se ponen de manifiesto en las luchas para defender los servicios públicos.” Ahí es donde necesitamos romper los mitos reformistas, que solo magnifican la tragedia del mercado.

 

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