Niños migrantes: fronteras del alma

Una de las muestras más vergonzosas y preocupantes de las crisis humanitarias que se generan en torno del antimodelo de desarrollo, la representan los niños migrantes. Se calcula que aproximadamente 57 mil menores no acompañados por adultos han cruzado la frontera México-Estados Unidos, en los últimos tres meses. La Conferencia Episcopal Mexicana, reunida a la par del Coloquio México-Santa Sede, Migración Internacional y Desarrollo, expresa preocupaciones humanitarias que intentan construir puentes de entendimiento, solidaridad y acompañamiento del drama humano que viven miles de niños que han optado por migrar hacia el vecino país del Norte, en lugar de los muros de odio y rechazo que se erigen de un lado y otro de la frontera y a lo largo de su paso por el territorio mexicano. Desde la jerarquía católica, se abren ventanas de comprensión hacia un fenómeno social que pone a prueba la fe en nuestra convivencia cotidiana.

La realgeopolitik que sirve de telón explicativo de esta migración infantil masiva es simple y compleja a la vez. La crisis económica, política, de seguridad nacional, pública y humana, ciudadana, que afecta a los países centroamericanos del llamado Triángulo Norte: Guatemala Honduras y El Salvador, arroja fuera de su hogar, cuando existe, o fuera del dominio de sus calles a miles de menores que no tienen horizonte alguno de vida o de supervivencia. Según el gobierno de Honduras, el 70 por ciento de niños migrantes proceden de zonas donde el narco opera. Este país acoge actualmente la Conferencia Internacional sobre Migración, Niñez y Familia, bajo la convocatoria hecha por la Organización de Estados Americanos (OEA). Se busca crear estrategias gubernamentales comunes que enfrenten este grave problema, al tiempo que se quiere involucrar activamente al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) y particularmente al gobierno estadunidense.

 Mientras unos tienden puentes, otros construyen muros de odio, racismo, hostigamiento. Los niños migrantes abren lo mejor del alma humana, pero también detonan temores infundados, recelos que hacen brotar la exclusión y el rechazo del otro. Esos menores aventurados a la peligrosa búsqueda de un día más de existencia que les permita reencontrarse con sus familiares inmigrados en Estados Unidos, presentan un espejo de nuestra sociedad que resulta irritante para muchos, pero que también apela a la ternura y al compromiso solidario. La política migratoria está atenta a estos movimientos. Para Estados Unidos, se trata de un tema de seguridad nacional, pues entre los niños hay filtraciones del crimen organizado y presiones demográficas de inmigrantes que al unificar sus familias aumentarán sus demandas de servicios y atenciones presupuestales. Para México, las presiones por sellar su frontera sur significan hacer la tarea sucia de contener a migrantes de todas las edades.

El 58 por ciento de estadunidenses no aprueba el manejo gubernamental ni de los legisladores, frente a la oleada de niños migrantes que ese país atrae por múltiples razones, aunque el 53 por ciento de aquellos está a favor de un partida suplementaria de emergencia por 3 mil 700 millones de dólares, destinados al cuidado de los menores mientras están bajo la custodia del gobierno. Paralelamente, la polarización entre cientos de organizaciones que apoyan medidas humanitarias, muchas de ellas coordinadas conjuntamente entre protestantes, judíos y católicos, resisten el embate racista que también crece en varios estados de la Unión Americana, de agrupaciones como las Milicias Minuteman, que despliegan la Operación Normandía, un parangón con el desembarco aliado que dio fin a la Segunda Guerra Mundial ¡ahora dedicado a reprimir y deportar a niños enemigos de su seguridad! Hay almas unidas para tender puentes; otras almas se amurallan desde el odio racista excluyente.

 

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