Ruta Norte

Entre la realidad y el invento

He trabajado muchos años con la ficción y desde que comencé a inventar relatos tuve un vínculo cómodo con la dosis de realidad que entraba en mis historias. En general he tendido a construir esas narraciones sin miedo a quedar demasiado cerca de la realidad real, tanto que no han sido infrecuentes los comentarios de lectores que los toman como fragmentos de mi biografía.

Siempre respondo que lo expresado en tal o cual relato no me ocurrió, o que en diferentes grados me ocurrió pero al pasar a la literatura fue modificado y no puede ser tenido como “verdad”.Vargas Llosa ha dicho que “En toda ficción, aun en la de la imaginación más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fraguó”.

No puedo estar en desacuerdo con esta afirmación, pues en más de un relato (mío) yo sé que hay algo de experiencia vivida, de dato real que luego ha sido modificado porque así convenía a la historia. Daré un ejemplo. Hace poco recibí este mensaje de mi amigo Enrique Macías: “Jaime: terminé de leer ‘Las grandes alamedas’.

Me hiciste recordar a un compañero que tuve en la escuela, de 1978 a 1980, de nombre Antar Portales Barceló, chileno él. En aquel entonces tenía 6 a 8 años y desconocía por qué habitaban chilenos en La Laguna.

También recuerdo que años más tarde, en 1987, un chileno atendía la ‘Miscelánea Sicomoros’ que se ubicaba a la mitad del camino entre la bajada del Campo Alianza y la casa de mis padres. Llegábamos ahí a tomar el refresco, en principio la pedíamos mis vecinos-coequiperos y yo, que llegábamos de entrenar con un equipo desde el campo de Pemex en la Zona Industrial de Gómez, en bolsa y con tres popotes.

Después, tras la primera charla con el austral, quien por las mañanas impartía clases de historia en el Colegio Torreón Jardín, quedamos encantados por su charla tan culta. Decía: ‘La tolerancia es básica, puedo discutir con ustedes de cualquier tema y respeto sus opiniones aunque sean contrarias a mi pensamiento... Nomás no se metan con el Colo-Colo porque ahí se me termina lo civilizado’.

Ambos: Antar y el profesor tendero, así como llegaron, desaparecieron, en un abrir y cerrar de ojos.

Es lo padre de leer: se aprende y se recuerda, se entrelazan ideas como tejiendo redes”. Pues bien, siempre supe que el Antar chileno de mi cuento había sido un Antarchileno real. Aquí confirmo que lo fue, que seguramente escuché su nombre y su origen y con ese par de datos reales construí una ficción.

Es demasiada coincidencia para no aceptarlo así. 


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