Ruta Norte

Los primeros oleajes del deseo

A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de conocer a muchos escritores jóvenes. Como en cualquier disciplina artística, deportiva o académica, he visto de todo. Escritores o prospectos de escritores sin talento pero ganosos; talentosos pero sin entusiasmo; sin facultades pero soberbios; dotados para escribir y por ello ensoberbecidos; aptos, rigurosos para trabajar y muy centrados. De todo. En 1988 o 99 me topé con Daniel Lomas y desde sus primeras cuartillas algo vi que me pareció, como hasta ahora, digno de énfasis: una manera poética y profundamente humana para percibir la realidad. Lo primero que le leí fue poesía, una poesía plena de imágenes relampagueantes, de fogonazos algo vallejianos o jaimesabineanos. Luego leí su narrativa, varios cuentos en los que advertí el pulso de un artista que mira al mundo con azoro y una especie de sutil compasión y un tenue humor frente a los habituales desfiguros de la vida humana. Años después, cuando ya había quedado lejos el taller literario donde me compartió sus primeras tentativas literarias, tuve la suerte de leer Morena de mar, su primer relato con aliento novelístico.
Sin renunciar al derecho penal, su especialidad profesional, lejos siempre de grupos y de aparadores, Lomas ha sido leal al joven que conocí como estudiante, pues sin pausa se ha entregado a la lectura gozosa y atenta de excelentes libros  y a la escritura de poemas y relatos que, como le he dicho siempre, serán recibidos con beneplácito a medida que vayan viendo la luz editorial.
Baste como ejemplo lo que nos depara Morena de mar, una novela que se deja leer harto placenteramente. Lo primero que gusta al ingresar en ella es el cadencioso flujo de la prosa, un ritmo que poco a poco nos cautiva e impide que la abandonemos. Creador, como ya dije, de imágenes certeras, Lomas es un gran observador de los detalles, y a todos les saca jugo, tanto que en cualquier párrafo hallamos una entonación que, sin desviarnos de su empeño narrativo, siempre tiene una voluntad de estilo cercana a la poesía.
Mientras uno lee, pues, asiste al espectáculo de una prosa medida, equilibrada, sobria y al mismo tiempo alegre, viva, una prosa que comunica no sólo las peripecias de los personajes, sino una atmósfera donde cunden emociones de todas las coloraturas.
Pero más allá de esa virtud, que es la primera de las virtudes que solemos demandar a cualquier narrador, Lomas tiene la capacidad de irnos inquietando a medida que volvemos las páginas de su libro. Un viaje a Mazatlán, el del personaje narrador con su padre, sirve de pretexto para introducirnos al mundo del despertar sexual.
El padre y sus maromas etílicas y sexosas, siempre con el eterno portafolios, aparece en Morena de mar como contrapunto tragicómico de la poesía y el delicioso desconcierto encerrados en el encuentro del joven con Matilde. Se trata, por todo, de un relato entrañable, de una primera novela que a mi parecer nos pinta a Daniel Lomas como lo que es: un estupendo narrador.


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