Ruta Norte

Aquel primero de enero

Todos o casi todos recordamos en qué sitio estábamos y qué hacíamos la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones entraron como letales dagas en las Torres Gemelas. Esos acontecimientos mayúsculos no sólo marcan, pues, hitos en la “historia de la humanidad”, sino que se convierten en puntos de referencia en la cronología de cada quien, por ordinario que sea. Sé, por ejemplo, que yo estaba en mi casa de la Prolongación Colón, recién bañado y arreglándome esa mañana de martes para apersonarme en el Café Literario del Teatro Isauro Martínez, de Torreón, con el televisor encendido y viendo en vivo el casi simétrico desmoronamiento.
Igual, sé dónde estaba y qué hacía el primero de enero de 1994 a las 8 de la mañana.
Estaba despertando en el hotel Mirador, de Chihuahua, y encendí la tele nomás para comenzar las abluciones matutinas. Eludí a Chabelo y al brincar a otro canal oí la voz agitada de un reportero. Las imágenes mostraban un tumulto, periodistas que abordaban en desorden a un encapuchado con fusil seguido por otros sujetos igualmente embozados.
Se hablaba de “levantamiento”, de “guerrilla”, de “zapatismo”. Comenzaron a fluir las siglas EZLN y los lugares donde aquello ocurría; recuerdo dos en particular: San Cristóbal de las Casas y Ocosingo, ambos de Chiapas.
En la confusión, dependientes como estábamos en todo el país de esas precarias escenas televisivas, brotó el nombre del vocero que pronto se iba a convertir en una celebridad mundial: Marcos, el subcomandante.
A partir de esa mañana, por muchos días, semanas, meses y hasta años fue visible y muy mediático el levantamiento zapatista. Hasta yo, que trabajaba en una publicación sin recursos, busqué la forma de hacerme presente en San Cristóbal y viajé hasta allá en los primeros días de marzo. El camino de Tuxtla a la zona de conflicto estaba totalmente militarizado, pero fui testigo de las primeras mesas de negociación, aquellas que tuvieron Marcos y Camacho Solís con el obispo Samuel Ruiz presente. Llegué por cierto a San Cristóbal un día antes de que Colosio dijera su famoso discurso en el monumento a la Revolución, el que, dijeron, marcó no sólo su ruptura con el salinismo, sino su destino menos de diez días después en la colonia Lomas Taurinas, de Tijuana.
Había intranquilidad, claro, pero también entusiasmo en todo México, una agitación política que poco a poco sería apagada por el régimen a punta de acontecimientos siniestros.
Escribí en San Cristóbal algunas crónicas e incluso perpetré un poema bien ubicado en el panfletarismo menos púdico. Recuerdo que los mandé por fax, pues todavía faltaban unos añitos para que llegara el boom de internet.
Hace dos décadas de aquello. Ignoro a qué hora se nos fueron tantos años.


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