Ruta Norte

El pinto y el colorao

Todavía es temprano para hacer cálculos sobre la contienda de 2018, pero desde ya se avizora que en el redondel electoral sólo quedarán dos gallos: el pinto del PRI y el colorao de Morena (por aquello de que sigue teniendo algo de rojo).

El segundo es un viejo conocido del público y los medios, pues desde hace más de quince años ha acaparado las vidrieras ora para caer bien a muchos y ora por ser considerado el más grande peligro para México, un peligro risiblemente equiparado, principalmente, a Chávez y a Maduro, artificiosa semejanza que por estas fechas se encuentra en proceso de reciclaje.

En cuanto al gallo pinto, José Antonio Meade, se sabe mucho menos, pues antes del destape se había manejado con low profile —digámoslo así para sonar como algunos elegantes que hablan en la tele— pese a la importancia de las carteras que ocupó durante los gobiernos de Felipe el Siniestro y Enrique el Ladrón. Hoy, con los reflectores mediáticos en la jeta, hemos ido sabiendo quién es, cómo habla, a qué le tira este mexicano cuando sueña. Por ejemplo, hoy se sabe por doquier que es de ascendencia irlandesa y otras curiosidades por el estilo.

La entrevista de El País, por ello, dejó ver el rostro híbrido, mixturado, viscoso entre la mesura del tecnócrata con el cantinflismo del emblemático chapucero priísta. Ante una pregunta relativamente fácil, en vez de responder, como se dice en el mundo de la ciencia, al chile, el señor Meade se escurrió con una explicación que retrata de puerco entero el hacer faccioso del poder y su permanente creación de excusas para mantener sano el ya de por sí vigoroso corpus de la impunidad. A la pregunta “¿Usted está dispuesto a investigar casos de corrupción de esta Administración, involucre a quien involucre?”, que debió ser respondida con un “sí” sereno, el señor Meade dio pábulo a los memes de tuiter con esta paparrucha: “Es que me parece que caemos de nuevo en el planteamiento personal. Tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida. Un esquema que funcione para todos, en donde el acceso a la justicia y a la rendición de cuentas sea igual para cualquier funcionario. Vamos a funcionar bien cuando la pregunta deje de tener mérito. Cuando alguien piensa: ‘El problema depende de’ es que no entiende el problema de fondo”.

Más claro, imposible. Lo que debemos hacer es, pues, movernos en un esquema que nos permita bucear en el chapopote. 


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