Ruta Norte

Cuando los libros se van

¿Pero qué pasa si el futuro muertito ha sido un acumulador de libros y no de otros objetos fácilmente intercambiables en el mercado? Sabido es que quien abraza el vicio de los libros no toma las providencias necesarias para heredarlos; sabe qué hacer con sus otras posesiones, si es que las tiene, pero no con los libros.

Algo extraño ocurre en estos casos: los libros son acaso percibidos como imperecederos y las bibliotecas como entes ajenos a la dispersión, a la pulverización. Si durante treinta, cuarenta o más años descansaron en una estantería, no hay razón para pensar en el término de su vida en comunidad, es decir, en el fin de su existencia como biblioteca personal.

Lamentablemente, el tiempo, esa sustancia invisible que siempre es cruel con el hombre, también lo es con las bibliotecas personales. Más de una numerosa, bien armada, sólida, llena de títulos fascinantes y lujosos, ha terminado convertida en nada, dispersa, diluida en librerías de viejo tras la muerte de su dueño.

Lo digo por experiencia. Pertenezco a una generación que comenzó a comprar libros hacia la década de los ochenta. Además de los nuevos que adquirí desde las primeras épocas del intruso celofán, compré, y sigo comprando, en librerías de viejo.

Allí he hallado joyas, libros que de otra manera jamás hubieran llegado a mis manos. Pues bien, no ha sido infrecuente que en esos espacios aparezcan títulos antes pertenecientes a bibliotecas bien armadas. Lo sé porque ostentan firmas, sellos de goma o ex libris de escritores y periodistas de mi región.

¿Y qué pasó, por qué llegaron esos libros hasta allí? Es fácil conjeturarlo. Al morir, los familiares quizá supieron qué hacer con el dinero y otros bienes heredados por el desaparecido, pero no con sus libros. Resolvieron entonces por el camino fácil: vender en las librerías de segunda mano, tal vez en bulto, indiscriminadamente, bibliotecas enteras.

Luego, como pirañas, a granel, hemos ido apareciendo los compradores y nos hemos llevado por separado los libros que antes estaban juntos y formaban una biblioteca.

Por más que el futuro se pinte como sólo digital, es pertinente que los dueños de bibliotecas sepan que la vida sí se acaba y que sus libros pueden quedar en buenas manos, salvados de la despiadada venta. Organizarlas y donarlas con cuidado puede ser quizá su último acto de amor por los libros, los (sus) queridos libros arracimados en una biblioteca personal.


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