Ruta Norte

Mi carrera boxística

No sé por qué siempre he creído que el boxeo es el deporte más difícil del mundo. Cierto compañero de picas futboleras llegó una vez a la esquina de las reuniones con dos pares de guantes. Dijo que se los habían prestado. Como era de esperar, varios quisieron darse un tirito y de inmediato pactamos unos cuantos pleitos.

Apenas comenzados los combates, noté que aquello se oía espantoso, que cada madrazo tenía apariencia de ser el último. Vi que ninguno era ducho para establecer una guardia y para soltar golpes con elegancia, al menos con un mínimo de naturalidad televisiva. Mis amigos usaban los guantes, pero en mucho parecían ajenos a toda la estética del pugilismo clásico.

Así llegó mi turno. Me tocó encarar al único amigo de mi edad exacta. Yo era, y soy todavía, más alto que él, pero el tipo era correoso. Me pusieron los guantes y cuando al fin los tuve en mis puños sentí una terrible incomodidad, la sospecha de que esos guantes, como en el cuento de Borges, no iban a servir para defenderme, sino para justificar que me vapulearan. Nos dieron la orden de empezar, levanté la guardia y mi rival hizo lo mismo.

En aquel tiempo yo jugaba futbol durante cuatro o cinco horas seguidas, sin parar, y corría una hora diaria en el lecho seco del río Nazas, sin playera y bajo los 40 grados con sol del mediodía lagunero, a campo traviesa. Con esto quiero decir que aquellos fueron mis años de mejor condición física.

Eso no sirvió a la hora de boxear. Di algunos golpes, me dieron otros, pero el caso es que en menos de tres minutos, vaciados de aire, exhaustos como relojes de Dalí, los dos hicimos el gesto de “basta, se acabó, ahí muere”.Recuerdo que agradecí al cielo que mi rival accediera a terminar, pues poco antes de que dejamos de tirar golpes, él me había aplicado un gancho al plexo solar que vació todo mi oxígeno.

Con un tremendo esfuerzo actoral, fingí retirarme un poco, me quitaron los guantes mientras me dolía el alma. Luego la atención de los demás se distrajo en otro lado y pude hacerme el desentendido para agarrar aire y recuperar la capacidad del habla.

¿Qué pasó entonces? Pues que mi carrera en el boxeo duró poco menos de un round, y callejero. Me quedó claro que ese asunto no me competía y le dije adiós así, de golpe, el mismo adiós taxativo que poco a poco, en la vida, le he dado a tantas ocupaciones para las cuales, lamentablemente, como la pintura o la música o el alpinismo o la matemática o la medicina o la danza o tantas más, carezco en absoluto de virtudes. 


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