Ruta Norte

Restos húmedos en Restos áridos

La poesía es el mejor escenario de las pasiones humanas. En su medio ambiente podemos hallar lo mejor y lo peor del hombre, los sentimientos más ruines y los otros, aquellos en los que el amor y su evidencia carnal son el gran tema. El amor ha llegado siempre a la poesía, pues, como ha llegado al hombre: de manera natural, abriéndose paso con absoluto dominio del terreno. Por ello pocos son los poetas (pudiera decir, los creadores en general) que no han sido tocados por ese tema. Incluso los que han rehuido terminan de alguna forma rozándolo, bordeándolo así sea para hacerle mala prensa.
José Cháirez, autor de Restos áridos, evidencia el poder del amor y sus flecos en la totalidad de este libro. Ningún poema es ajeno, marcada o tenuemente, de los relampagueos eróticos. Al contrario, en todos hay un énfasis en la necesidad, el goce y la nostalgia del amor como eje de la vida. El poeta jamás titubea acerca del imperativo amoroso, y en esa certeza nos convida no sólo a deambular por sus versos sino, más allá, a encarar con jubiloso desenfado todos los lances que nos sean posibles.
Saúl Rosales ha subrayado una de las estrategias recurrentes en la composición de Restos áridos: el uso de un instrumental lingüístico arraigado en el infinito campo semántico de la medicina y sus adláteres. En efecto, por la cercanía profesional del poeta con ese ámbito, lejos de renunciar a la terminología anatómica y en ciertos casos a los usos médicos, aunque sin abusar tampoco de ellos, los aprovecha para rehidratarlos y componer con esa desafiante jerga versos de sonoridad y sentido inusitados. Notemos la obsesión corporal de estor versos (“Trapos de melancolía”):

Puedo tomarte gota a gota
hasta reventar en mis venas
el vaso con tu amor
recorrer los cien mil labios
que separan tu oreja de tu pecho
desayunarte poro a poro o cenarte piel a miel
Puedo también fumarte
hasta la última bocanada de humo
antes de que se queme el día entre mis uñas
Restos áridos contiene siete estancias en las que dosifica 55 poemas. No recuerdo que en los años recientes haya sido publicado un poemario lagunero tan tercamente amoroso. Porque no hay aquí, de veras, una sola distracción: las 55 piezas se refieren, así sea desde diferente angulación, foco o estado anímico, al juego implicado en el acto de amar en vivo y a todo color, o al apetito por tenerlo o repetirlo y, en más de una ocasión, a la nostalgia de los encuentros cuando han quedado truncos.
Un libro así, digamos obstinadamente monotemático, debía desplegar un arsenal de imágenes que lo tornara atractivo. Así, aparte de su reiteración anatómica, carnal, física, Cháirez asimila a la mujer con geografías urbanas, marítimas, desérticas, de manera que el cuerpo es un espacio propicio siempre para la aventura.
Este primer libro de José Cháirez muestra, a mi ver, el trabajo de un escritor venturosamente encandilado por la más poderosa de las pasiones humanas: el amor y sus infinitas orillas. Es grato caminar su geografía.


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