Ruta Norte

Periodismo para rehacer vidas

El libro Ayotzinapa, la travesía de las tortugas es un documento ahora indispensable para acercarnos no sólo a lo ocurrido la fatídica noche del 26 de septiembre de 2014, sino, de paso, a la realidad socioeconómica aledaña a la catástrofe del país en materia de procuración de justicia.

Como miles y miles en México, los padres de los jóvenes normalistas de Guerrero siguen sin obtener una respuesta siquiera mínimamente satisfactoria sobre el paradero de sus hijos. Lejos de eso, la autoridad infligió, como sabemos, una “verdad histórica” que desde su pura enunciación se derrumbaba sobre todo en la parte de libreto que reconstruía la eficacísima e inverosímil incineración.

Científicos de la UNAM y de la UAM, casi nada, han demostrado que las condiciones para cremar hasta convertir en nada los cuerpos al aire libre no pudieron darse en el basurero de Cocula, y así quedó desenmascarada la principal treta difuminatoria de la Procuraduría. Muy recientemente un documental producido a la medida —le llaman docudrama— quiso machacar, también sin éxito, la ficción esbozada por el procurador Murillo Karam, hoy prófugo de la noticia.

Ante la desaparición física y en muchos casos mediática de los normalistas, varios periodistas articularon un colectivo que ha actuado de inmediato.

Su primer logro es un libro transparente en su intención: reconstruir mediante la palabra los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos, enfatizar su calidad de jóvenes normalistas rurales, no de delincuentes, y hacer ver a la autoridad que las vidas segadas merecen investigaciones serias y resultados convincentes, no patrañas que luego son desestimadas en México y fuera de México incluso por organismos internacionales.

Los periodistas de Marchando con Letrasavanzaron generosamente por diferentes brechas de Guerrero para dar con la familia, los amigos, las novias, los maestros de los normalistas, y ya frente a ellos entrevistarlos con el fin de configurar un gran fresco, el más amplio y claro hasta el momento, sobre la vida de cada uno de los jóvenes que no sólo tenían nombres propios y no sólo forman juntos un número, el 43.

En suma, debemos emprender, como lectores, esta travesía por dos razones: primera, para entender que los estudiantes eran jóvenes sanos, no delincuentes; y segunda, para pagar con nuestro acceso a este libro el gran esfuerzo de un colectivo de periodistas —en el que por cierto participa la lagunera Karina Nalda— que junto a Ediciones Proceso ha reconstruido periodísticamente 43 vidas cuyo regreso seguimos esperando. 


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