Ruta Norte

Monóxido

Salimos de Gómez Palacio, rumbo a Durango, capital de una provincia que lleva este mismo nombre. Se supone que íbamos alegres y por eso nos obligábamos —sin mucho batallar, hay que aceptarlo— a ejercer la camaradería. Éramos 22 en total, todos asistentes a un encuentro de escritores. La comitiva estaba configurada por cinco catalanes (a la sazón invitados especiales, entre los que me contaba yo), dos regiomontanos y el resto duranguenses. El caso es que todos fuimos concentrados en Gómez Palacio y trepamos al camión llenos de júbilo literario. La alegría, sin embargo, amainó de inmediato, pues afuera pegaba un calor de cuarenta grados a la sombra y el decrépito bus carecía de sistema refrigerante y de cualquier otro vestigio de comodidad. Apenas avanzó unas cuadras y ya iba convertido en baño turco. Pensábamos que eso sería terrible porque no sabíamos lo que vendría unos kilómetros después: el monóxido producido por el motor era expulsado hacia dentro de la máquina, lo que produjo estragos fulminantes en el grupo. A la media hora de camino ocurrió lo inesperado: un poeta murió de asfixia. Hubo un breve caos, gritos acaso algo histriónicos, y la solución vino cuando habló un ensayista de Durango: “Hay que tirarlo en la carretera”. Esta moción fue apoyada por un catalán con un argumento histórico: “Cierto, hay que tirarlo como tiraban a los muertos en altamar durante la era de los descubrimientos”. Un narrador celebró la brillantez de la idea: “Tienen razón: estamos en el Triángulo Dorado y aquí no es raro que la autoridad encuentre muertos a la vera del asfalto. Nadie notará nada extraño”. Así entonces, a medida que avanzaba el bus iban cayendo uno tras otro los escritores: un poeta más, un narrador, otros dos poetas (catalanes ambos), otro narrador, un ensayista, y todos iban siendo arrojados al lado de la carretera, casi como bultos que caen por accidente de un camión repartidor de patatas. Cerca del final los escritores sobrevivientes se sentían ya victoriosos ante la muerte pero poco antes de llegar a Durango los alcanzó un patrullero de la Policía Federal de Caminos. De los veintidós escritores que habían salido de Gómez Palacio, siete seguían vivos. El policía les dijo que detectaron el camión homicida porque fueron siguiendo la pista de cadáveres. Ante esas palabras, un narrador especialista en literatura infantil se lamentó: “Cometimos el error de proceder como Hansel y Gretel”. El mejor resumen de esta experiencia lo tuvo un columnista de policiales: “Este caso comprueba que los poetas son más sensibles que los narradores, y que los ensayistas, como casi no tienen lectores, cuentan con mejor condición que los demás para resistir jornadas terriblemente adversas”. Al final, no es ocioso señalarlo, el encuentro se celebró con éxito y fue dedicado a la memoria de los escritores caídos. O, más precisamente, a la memoria de los escritores arrojados.


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