Ruta Norte

Monedas y alfajores

El dinero es muy extraño y jamás ha dejado de sorprenderme la permanente abstracción de su valor. Uno suele pensar que sólo compra objetos y servicios, por eso cuando el dinero compra dinero hay algo que me atrevo a llamar “mágico”. Lo que cuento me ocurrió a una cuadra de la plaza principal de Morón, en el Gran Buenos Aires.Como lo viví allá con frecuencia, me quedé sin cambio para el bus que usa un sistema de cobro electrónico, similar al del teléfono público. Como el chofer no carga plata, es imposible subir al bus sin dinero de baja denominación y en metálico para el tragamonedas. En Argentina pude notar de inmediato que hay escasez de morralla, así que me sentí desamparado cuando vi que en mis bolsillos no había monedas sueltas, sólo billetes, y ya se me hacía tarde para buscar cambio con la compra de cualquier cosa, pues lo más seguro es que en las tiendas me dieran el vuelto con billetes de baja denominación, no con monedas. Entonces hallé mi salvación: una especie de casa de cambio improvisada sobre una mesita en la acera (o “vereda”, para decirlo en argentino). La atendía un tipo de facha torva, a quien le pregunté por las pilitas de monedas que tenía exhibidas allí. Me respondió que me daba siete pesos en monedas y dos alfajores por cada diez pesos que yo le diera en billete. Así arreglé mi asunto. De golpe, con un avejentado billete de diez pesos argentinos, compré siete pesos en monedas argentinas y dos alfajores de la más ínfima calidad.Como cualquiera, yo había cambiado pesos mexicanos por moneda extranjera: dólares, euros, pesos argentinos, pesos chilenos y alguna vez libras esterlinas. Lo que jamás imaginé fue, literalmente, comprar dinero de un país por dinero del mismo país. Traté de hacer el cálculo de la ganancia que tuvo el vendedor de monedas. Por cada diez pesos argentinos en billete argentino daba siete pesos igualmente argentinos en monedas y los dos susodichos alfajores. Calculo que la golosina costaría, a lo mucho, cincuenta centavos cada una, así que la ganancia neta del cambista callejero era, digamos, de dos pesos por cada transacción. Mis pesos en morralla, pues, eran pesos caros, pero luego de darle algunas vueltas en la cabeza alcancé un poco de mayor claridad sobre el asunto: el tipo no vendía monedas argentinas por billetes argentinos, sino un servicio: el de ahorrarme el estrés de andar buscando morralla por toda la ciudad a una hora inadecuada, además de agasajarme (es un decir) con la golosina.De todos modos, nunca olvidé la situación y todavía recuerdo que me alegré al tener de golpe, y sin sufrir, siete pesos en monedas que me servirían casi para cuatro accesos al bus. De los alfajores ya no digo nada; traté de mordisquear uno, y dejé el otro olvidado a propósito en un asiento de la unidad que cubre la ruta 166, tan odiada por mi querido amigo Fernando Veríssimo. 


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