Ruta Norte

Miradas

La imagen reaparece algo brumosa y me recuerda el momento en el que iban surgiendo los contrastes sobre el papel en la bandeja de revelado fotográfico. Así veo ahora este recuerdo, como un instante algo difuso, a veces un poco más claro pero siempre envuelto en una especie de velo que no permite descifrar de golpe todos los detalles.

La imagen me presenta a un joven escritor en una librería de segunda mano. Ese joven escritor soy yo cuando era joven. Ya no lo soy, pero tampoco viejo. Digamos que estoy en camino a serlo, a unos quince o veinte años de distancia. El joven escritor mira de reojo y ve que entra un hombre viejo con un pequeño atado de libros.

Son como seis o siete títulos gordos, todos encuadernados en piel, seguro de Aguilar. El anciano se coloca frente al dueño de la librería y ya no cruzan palabras, como si ambos supieran el asunto que los reúne.

Luego de una brevísima exploración a los libros, el dueño dice una cifra que el otro acepta con una afirmación imperceptible. Mientras el comprador de los libros usados saca unos pesos del cajón, el viejo mira al interior de la librería. Yo, de pie frente a un mesón con libros de todos los géneros y tamaños, cruzo un instante mi mirada con la mirada acuosa del anciano.

Son apenas tres, cuatro segundos en los que veo a un hombre cansado que se deshace de sus libros no sé si para sobrevivir o para no dejar una carga de objetos inútiles a sus descendientes.

La escena se repite varias tardes más, pues soy comprador asiduo de libros que encuentro en esos purgatorios de papel, libros descontinuados, libros casi listos para desaparecer o ser rescatados.

En cada una de sus visitas, cuando coincidimos, el viejo lleva un nuevo atado. Intuyo que poco a poco se desprende de los libros que reunió durante su vida, los ofrece, recibe su dinero y me tira una mirada en la que puedo notar una suerte de remota curiosidad.

Así pasan muchas tardes más. Veo libros en el mesón, leo los lomos para saber de qué tratan. Llega el viejo con su atado, le dan el dinero por los libros y voltea a mirarme. La cara del viejo que se va revelando en el recuerdo no queda bien definida, pero aunque me lo niegue sé que esa cara también es la mía mirando a un joven comprador de libros. 


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