Ruta Norte

Miedo cerval: de la pena y la flor

El título de este libro es una frase lexicalizada. Cuando sentimos que el horror, cualquier horror, se aproxima, cuando sospechamos que está cerca una amenaza, nos invade el “miedo cerval”. Es, digamos, un miedo extremo, un miedo que nos lleva a abrir inmensamente los ojos, a detener la respiración y a preparar la huida. La frase se forma, claro, con el adjetivo “cerval”  con el que nos referimos los ciervos o venados, animales que, como lo hemos visto en muchos documentales, mientras pastan no dejan de levantar la cabeza y abrir mucho los ojos, siempre en espera de agresiones.Miedo cerval, poemario de Aleida Belem Salazar (Torreón, 1989), refleja ese sentimiento, el del miedo. Quizá debo enmendar: no es tanto el miedo sino la desolación, o en todo caso el miedo fijo, atornillado al alma, que conduce a la desolación. Sea el sentimiento que sea, el caso es que los versos de este pequeño libro exploran con un fósforo un depósito de dinamita. Esta metáfora, creo, calza bien al libro: no hay página en la que uno no sienta la inminencia de una explosión, el estallido a punto de consumarse.¿De dónde proviene esto? Lo asombroso es que su origen está en una joven poeta lagunera. Asombra porque a su corta edad, la edad de Aleida, los versos suelen salir, en general, impregnados por una luz más clara. No es frecuente hallar que un poeta alcance una madurez expresiva tan potente sino hasta después, luego de que se han dominado ciertas estrategias de escritura.Aleida Belem Salazar reúne entonces dos virtudes: sabe qué siente y sabe exponer lo que siente, de suerte que su escritura nos arrima al peligro de una llama, como ya dije, en un sitio donde abunda la pólvora. Avanzamos pues junto a ella por los pasadizos de este poemario con angustia, con miedo cerval, con una sensación de temor que en más de un verso nos apabulla. Lo asombroso, lo increíble más bien, es que su autora, pese a su juventud, ha sido capaz de movernos por allí a pura fuerza de palabras, casi como si se tratara de una escritora con largo camino recorrido. En Miedo cerval no hay zona de confort. Desde que abrimos la puerta (eso es etimológicamente la portada de un libro) nos hallamos frente al desgarramiento interior. Nada de preámbulos: “Todos los asmáticos conocemos la cara de la muerte”, dice para abrir boca. Y de allí en adelante los poemas fluyen entre lo negro y lo rojo, todo con una intensidad que recuerda, al menos me lo recuerda a mí, a la argentina Pizarnik y a nuestra Enriqueta, poetas que asimismo asociamos con la precocidad del vigor expresivo.Dividido en cinco relampagueantes estancias que en sus títulos delatan el registro en el que se mueve Aleida (“Síntomas, enfermedades”, “Pecho, corazón”, “Infancia, cicatriz”, “Tropiezos, soledad” y “Futuro, anterioridad”), Miedo cerval finca su mérito en la claridad y limpieza de la forma y en la sinceridad del fondo. Por ejemplo, en el momento I del poema “Breve repaso de los acontecimientos”: “ellos preguntan / qué tomó / ellos dicen / abrirá los ojos en unas horas / hay una madre que se pregunta por qué / en singularya no es ellos / hay una madre que se culpa / en singular / hay una hija en una camilla y una / madre que siempre va a preguntarse /por qué”.Insisto que pese a la brevedad de los poemas, parece expandirlos el ímpetu con el que fueron escritos. Creo, o al menos intuyo, por qué ocurre esto: por una suerte de identificación. Muchos de alguna forma somos y estamos en estos versos: seres quebrados, lastimados, aturdidos, náufragos en la inmediatez del día tras día, pasajeros del mismo tráfago. 


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