Ruta Norte

Jefe

Me urgía un trabajo y compartí a mi primo la inquietud. Era un tipo cercano a dos o tres mandones, abierto y oficioso. “Le diré a don Óscar que te reciba; él podrá acomodarte en alguna chamba”, propuso.

Don Óscar no, pensé, pero preferí no ponerme rejego. Confié en el tiempo, en los treinta años transcurridos. Fui pues a la oficina del viejo. Despachaba en un edificio de tres pisos, todo de su propiedad.

Yo sabía que alternaba el negocio de los tráileres con la política, pero seguramente andaba en más asuntos. Estos sujetos jamás se quedan quietos, le tiran a todo. En la antesala me hicieron esperar más de media hora. De la mesita central tomé una revista para matar el rato.

Era un pasquín servil al poder de turno y por supuesto hostil, casi brutal, con los enemigos. Por allí vi la foto de don Óscar en un templete donde él y varios como él levantan los brazos en señal de triunfo. Era uno más entre los pocos que se habían apoderado del municipio.

Jamás perdían. La secretaria me hizo pasar y lo vi de espaldas, la mancha de pelo corto en su nuca y la calva como tonsura. Hablaba por teléfono, miraba hacia la calle. Esperé de pie a que el viejo me ofreciera asiento.

Tres eternos minutos después se dio la vuelta y casi sin verme estiró la mano para señalarme el asiento. Siguió llamando. Capté que era una larga distancia, algo de comprar o vender camiones en Reynosa. Hablaba sin cuidar la información, fuerte y distendido. Colgó veinte minutos después y de inmediato recibió otra llamada. Era un colega suyo de la política local.

Lo trató de compadre. Habló sobre una reunión. Mencionó un rancho. Especuló sobre una candidatura. Habían pasado treinta años desde que publiqué un reportaje sobre este gusano.

En ese lapso perdí todo: la revista, mi entusiasmo, mi entusiasmo. El viejo colgó otra vez. Apenas lo hizo, le habló su secretaria. Salió de la oficina sin cerrar la puerta y me abandonó quince minutos más. Atendió de pie a uno de sus empleados.

Al fin volvió, miró la pantallita de su celular, picoteó. Tomó asiento, barajó papeles sobre el fichero, habló: “¿Lo conozco?”. Respondí que no. “Bueno, da igual. Mire, tengo un puesto de velador. Si le cuadra, empieza hoy”. Volvió a sonar su celular. Mencionó unas inversiones en McAllen. 



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