Ruta Norte

Despedida

Cuando mi prima iba a casarse organizó una despedida para sus amigas de la oficina. Dijo que estaba algo corta de presupuesto y que en la fiesta quería un bailarín. Agregó que sus compañeras eran muy escandalosas y no se asustarían.

Al contrario —amplió con un guiño malicioso y realmente encantador—, todas agradecerían ese picante en la reunión que ella esperaba “inolvidable”. Por eso me llamó. La veía muy poco, pero hace dos semanas nos topamos y celebró mis músculos, lo “bien dadote” (así dijo, tocándome el bíceps y frotando en cámara lenta hasta el hombro) de mi facha.

Le comenté que tenía ocho meses sin parar en el gimnasio, y que me estaba nutriendo bien, incluso con recomendaciones nutrimentales de un especialista. Lo malo, añadí, es que esto resulta muy caro.

Pagar la mensualidad en Hércules Laguna Gym, comprar la ropa deportiva de moda y comer como dios manda no es un gasto menor.

De ahí se agarró, creo, para ofrecerme el trabajo. Dijo que sólo era aparecer a las diez, de sorpresa, sin decir que éramos primos, e inmediatamente comenzar el espectáculo de baile.

Ella iba a tener preparado un reguetón en el estéreo y listo, todo era cuestión de recorrer la sala, bailar un ratito frente a cada una de sus invitadas, animarlas a tocarme el lavadero, la espalda, lo que ellas quisieran en la escandalosa espontaneidad del momento. Me animé porque era mi prima y porque me ofreció mil pesos por media hora de zarandeo al ritmo de una pieza musical imbécil.

Y bueno, todo se dio bien. Me moví por instinto en medio del griterío femenino y puede decirse que hasta tuve cierta apariencia de profesional, de esos bailarines que se ponen las manos en la nuca mientras menean la pelvis como simios.

Lo gracioso fue que las invitadas, ya en el colmo de la desinhibición, me alentaron a bailar sobre mi prima. Sin remedio, sin que las chicas supieran que era mi pariente, moví mis musculazos frente a ella, y casi casi le unté el calzón (de frente y de espalda) en la cara. Asumí mi responsabilidad, no sé, el caso es que no decepcioné.

Jamás repetí el experimento, pero mi prima, aunque ya se casó, sigue atenta a mi ejercicio y es mi juez más severo. Cada mes me obsequia dos mil pesos y nos vemos en un lugarcito secreto donde le bailo un poco y todo lo demás.

Y lo más importante: sigo trabajando durísimo en Hércules Laguna Gym, claro.


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