Ruta Norte

Decisión

Alguna vez, en la prepa o en la carrera, no recuerdo, un maestro nos encargó leer la historia de un tipo que sale a comprar cigarrillos y no regresa en muchos años. No sé cuál es el título de esa narración y olvido todos los detalles, pero se me quedó grabado el hecho sustancial del relato: salir de casa por cualquier motivo y no volver en años, tal vez en décadas, tener agallas para no mirar hacia atrás. Supongo que todos hemos estado cerca de esa tentación: tomar dos o tres cosas del clóset y largarnos para siempre o casi siempre. Creo que los psicólogos, me lo dijo un amigo, le llaman de alguna forma, pero tampoco la recuerdo. Yo, insisto que como cualquiera, había guardado durante años la inquietud: llegado el momento, un momento indefinido ubicado en el futuro de aquel pasado, me largaría a cualquier maldito lugar con tal de zafarme, con tal de no soportar más el infierno de vivir la rutina miserable a la que debí atarme. Me reconozco cobarde, débil, pero siempre supe disimularlo. Sabía sin embargo que tras llegar a cierta circunstancia límite mi estallamiento se tornaría inevitable e irreversible: me largaría como se largó el personaje de aquella historia cuyo título he perdido. Pues bien, esa decisión acaba de aparecer. La incubé durante años, la acurruqué en medio de incontables actividades, pero hoy ha aflorado. Me voy. No sé si es rabia, impotencia, aburrimiento o todo eso en coctel lo que me orilla a tomar las tres cosas que estoy tomando ahora (mi reloj, los lentes, un cambio de ropa) con el fin de salir y dar por fin la espalda a todo lo demás. Confieso que de golpe se me instala una muy prematura nostalgia: ¿cuánto tiempo tardaré en no ver ese florero, el comedor, los enseres de mi baño, el cuadro aquel con el paisaje japonés, las fotitos de los niños en piñatas, mi clóset y sus garras, la imagen del casorio en la pared de la sala? No sé, tal vez más del que puedo imaginar en este instante. Hago un último recorrido por la casa. En las habitaciones de los niños toco sus objetos. El balón deteriorado de las prácticas en el campo de la Ciudad Deportiva, la computadora de la niña, las fotos ocasionales en repisas un poco empolvadas. Voy al patio: mi bicicleta con la cadena rota y las llantas desinfladas, el bóiler que tantas veces encendí, los tendederos con las pincitas vacías. Me despido de todo y por instinto lo toco con las yemas quizá para sentir más cercanía, más intimidad con el pequeño espacio material del cual me despido. Camino hacia la puerta de salida y pienso en el futuro, en la incertidumbre, en los años que vienen para mí. Salgo. Ahí dudo uno, dos, veinte segundos, un minuto. Meto de nuevo la llave y entro a casa. Veo la cama y mejor me tiro a llorar.


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