Ruta Norte

Arriero en la urbe

El hibridaje siempre nos depara, valga el lugar común, gratas sorpresas. Malas o buenas, pero sorpresas al fin. Las mezclas, obvio, son infinitas y en ese universo algunas pueden resultar intragables.

Pese a ello, es mejor intentarlas, experimentar de vez en cuando, obtener en las probetas una sustancia diferente y en ocasiones plena de novedad y por lo tanto grata al alma.

Supongo que creemos vivir, por efecto de la globalización, en una época de hibridismos, pero mestizar productos culturales es una vieja y saludable costumbre del ser humano, como lo puede probar casi cualquier cultura actual.Un ejemplo de hibridismo exitoso lo encuentro en la interpretación de “El arriero”, milonga de Atahualpa Yupanqui cantada alguna vez por el grupo de rock Divididos.

Se trata, claro, de una pieza vinculada al mundo rural, así que parecía osado escanciarla en un recipiente completamente identificado con la urbe. Divididos, sin embargo, logró lo que parecía imposible: hizo de “El arriero” un objeto distinto, igual de valioso y bello que el original yupanquiano.

Tan logrado me parece que ahora, luego de escucharlo muchas veces en la voz de su autor, “El arriero” se me aparece más con el estilo de Divididos que con el de don Ata, y conste que digo demasiado al decir esto, dada la rendida admiración que guardo desde hace treinta rendidos años por don Roberto Chavero.Antes de pasar a las dos versiones, cuento la anécdota que le oí a Osvaldo Bayer en un documental sobre Yupanqui.

Narra el historiador de la rebelde Patagonia que felicitaron a don Ata por el estribillo de “El arriero”.

El viejo poeta, honesto como siempre, dijo que eso no era de él, que la frase del estribillo la escuchó en el campo. Don Ata vio pasar a un arriero, elogió la calidad de sus vacas, y el arriero, casi sin voltear, le respondió: “No son mías; las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.Sea como sea, “El arriero” es una de las canciones emblema no de don Ata, sino de todo el folclor latinoamericano.

La versión original de Yupanqui tiene sólo el acompañamiento de su gloriosa guitarra;la híbrida, la del grupo Divididos (del disco La era de la boludez, 1993), es metalosa, potente en sus guitarras y su batería.

Ambas versiones son fácilmente hallables en YouTube y me recuerdan otra mixtura inenarrable: la de “Adiós muchachos”, el tango, cantada y profundamente modificada en ritmo y letra nada más ni nada menos que por Louis Armstrong; ésta también hay que buscarla y oírla. 


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