Los protagonistas

Hoy día, un asunto cotidiano del folclor mexicano es enterarnos a través de los medios de comunicación, de los escándalos de toda índole que protagonizan los políticos y funcionarios de todos los partidos en los estados del país y en la capital. Al ciudadano común ya no le sorprenden –aunque le afectan- estos escándalos. La mayor parte de las veces se trata de asuntos de corrupción, otras de nepotismo, unas más por abusos de autoridad, prepotencia, transas, lenocinio y un cúmulo interminable de muchas atrocidades más.

Los funcionarios públicos mexicanos –con raras excepciones-- gozan de un abultadísimo déficit de confianza. Sus niveles de aceptación están por los suelos, y ahí seguirán hasta que cambien, si es que cambian; lo cual se ve muy lejano.

Gobiernos van y gobiernos vienen, pero lejos de extinguirse las malas mañas de la fauna política, éstas se incrementan. Los funcionarios que más destacan por sus trapacerías los conoces bien, sobra mencionar sus nombres, no obstante disfrutan de impunidad porque gracias a su partido y a sus jefes, se saben intocables. Así seguirán, intocables, mientras en nuestro México no exista un verdadero estado de derecho. Aquí la justicia no es pareja. 

Los  escándalos  que  protagonizan  los  servidores públicos, ponen en evidencia su carencia total de ética. No cuesta trabajo entender que en su condición de servidores públicos, lejos de tener vocación de servicio, su vocación se inclina a hurtos, transas, moches, pillerías y más, y más, y más y…

Entre ellos existe un código que consiste en solaparse unos a otros. Si el procurador general de la República es nombrado por el presidente, ¿qué posibilidades tiene de consignar a los allegados a éste, aun cuando existan pruebas fehacientes de sus fechorías? Por otro lado, ¿quién garantiza que el procurador no tiene cola que le pisen? Gulp.

Muchos delitos cometidos por funcionarios quedarán impunes mientras se cubran entre ellos. La consigna es: hoy me hago de la vista gorda respecto a tus fechorías, para que tú voltees para otro lado cuando llegue mi turno. Así seguirá “la tradición” por sécula seculorum.

La corrupción y su hermana gemela, la impunidad, seguirán vigentes mientras la ciudadanía no se decida a ejercer sus derechos: Los políticos, en su afán protagónico, seguirán metiéndonos goles mientras la sociedad lo permita. 

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