Las palabras y el viento

A pesar de la proliferación de medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, el factor dominante da la comunicación humana sigue siendo las palabras. El diálogo ha sido desde siempre la mejor manera de establecer comunicación entre dos o más personas. Sin embargo, hoy día hablamos más y nos entendemos menos.

Los medios nos bombardean con toda clase de noticias, comentarios, discursos e información comercial (publicidad). Por más desarrollado que sea nuestro cerebro, la información que asimilamos es mínima.

Valiéndose de las palabras, los políticos de todos colores las emplean cotidianamente en sustitución de sus acciones. Hablan mucho, no dicen nada y hacen muy poco.

La TV, medio favorito de los políticos, no es desdeñada por Peña Nieto. Cuando está frente a las cámaras y micrófonos, no importa cuál sea el tema,  consuetudinariamente repite las mismas palabras una y otra vez, algunas de ellas equivocadas en relación al concepto que pretende comunicar.

Las palabras son el primero de los medios de comunicación. Por ellas debe  empezar la tan anhelada transparencia que exigimos a los políticos. Mientras las palabras no expresen la verdad, se las llevará el viento. Ojalá aprendan los funcionarios  a usar las palabras correctamente recuperando su verdadero significado, sin eufemismos ni ambigüedades, pero sobre todo, sin engaños, práctica común entre esta especie.

Debido a la manipulación que los políticos hacen de las palabras, la gente común escucha menos, en virtud de que no creemos lo que nos dicen, sospechamos de la veracidad de cualquier discurso, venga de quien venga.

Si se pretende devolverle a la política su dimensión moral hay que empezar por cuestionar el tan extendido empleo de la palabra “corrupción”. Su uso indiscriminado hace que la apliquemos para designar prácticas delictivas de gran calado que merman la credibilidad en las instituciones y causan desaliento entre los ciudadanos.

Es preciso aceptar que las palabras son a la vez hechos, que la realidad crea acción y la comunicación crea sentido. Y es precisamente el sentido de las cosas lo que se está perdiendo. No debemos permanecer indiferentes al enterarnos de los graves delitos cometidos por funcionarios públicos, quienes lejos de ser juzgados y encarcelados, siguen por la vida caminando tan campantes. Caso, Alonso Godoy Pelayo.

 

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