Era de esperarse

Salió a la luz el asunto de la pomposa mansión de Peña y la Gaviota en Lomas de Chapultepec, en el DF. Era de esperarse, los presidentes priistas históricamente han enseñado el cobre, aunque éste, se adelantó.

Al margen de los acontecimientos de Ayotzinapa y Tlatlaya, ahora el mandatario tendrá que enfrentar este vergonzoso escándalo: aclarar el origen de su ostentoso palacete, cuyo costo estimado es de 90 millones de pesos, cantidad que legítimamente no ha ganado en dos años como presidente.

En México tenemos todo para estar a la vanguardia del primer mundo, no lo hemos logrado porque históricamente hemos padecido saqueos de los gobernantes, sus amigos, parientes e hijastros; camarillas de facinerosos beneficiados por el presidente en turno, incluyendo empresas constructoras.

Hoy más que nunca la sociedad está enardecida. Además del mal gobierno, cotidianamente padecemos: asesinatos, desapariciones forzadas, saqueos al erario, corrupción, impunidad y un sinnúmero de etcéteras. Hoy, gracias a una minuciosa investigación periodística realizada por el equipo de Carmen Aristegui, salió a la luz la corrupción que emana desde la propia Presidencia de la República.

El PRI regresó al poder en la persona de Peña Nieto. Este regreso significa la reinstalación de las prácticas corruptas que han identificado a ese partido antes y ahora.

Ser jefe del ejecutivo, además de ser un privilegio, es una enorme oportunidad para trascender como un mandatario que cumplió su compromiso con probidad. Sin embargo, los presidentes mexicanos, rojos y azules han despreciado la oportunidad, la historia lo consigna.   

Es vergonzoso que en nuestro México, país con millones de marginados viviendo en la miseria, el presidente se valga de su posición para hacerse de una mansión que no justifica con sus ingresos. Eso ofende a la población. Peor aún, Peña se vale del Estado Mayor Presidencial para tenerlos como lacayos cuidado sus intereses personales.

El asunto es muy grave, debe investigarse -como suele decir el mismísimo Peña- “hasta las últimas consecuencias. Caiga quien caiga. Tope donde tope”. Si Murillo Karam ya no está cansado, debe tomar cartas en el asunto. De no hacerlo se convertirá en cómplice y será una prueba fehaciente más de la impunidad institucional que priva en el gobierno, pasándose por el arco del triunfo el estado de derecho.

 

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