Un cuento de hadas

(Primero de tres capítulos)

 

Erase que se era un reino llamado Atracomulco -vaya nombrecito-, de ahí, en sus días de gloria surgió un clan que reinó en una vasta comarca, la cual debido a su paisaje geográfico semejaba el mítico cuerno de la abundancia. Un buen día, debido a los excesos, menosprecio a sus súbditos, corruptelas, robos, impunidad y todo tipo de desmanes de la corte durante más de siete décadas, la prole, hastiada hasta las cachas, volteó los ojos hacia un mandamás de un clan diferente. Éste prometió cárcel para los monarcas corruptos y cambios radicales en beneficio del abandonado proletariado. Una vez en el trono, el nuevo soberano faltó a sus promesas, resultó ser un mandilón, quien gobernaba era su mujer. Seis años después, otro aprendiz del mismo clan que el anterior, se adueñó del bastón de mando. Debido a su estupidez, sin ninguna estrategia previa declaró la guerra a las hordas de malosos que asolaban el reino. Seis años después, cuando abandonó el feudo, lo dejó sumido en un caos, los malosos se multiplicaron durante su mandato.

En virtud de 12 años de reinados desastrosos de los 2 monarcas chafas, los notables de Atracomulco prepararon una campaña para adueñarse nuevamente del reino, para tal efecto recurrieron a un príncipe que gobernaba un condado del dominio de Atracomulco. Era un joven soltero y apuesto. Los notables promulgaron un manifiesto para encontrarle pareja. Una compañía de juglares se encargó del asunto, propuso a “Paloma” una de sus doncellas de mejor ver. Los notables creyeron que eso sería suficiente para ganarse la simpatía del populacho (craso error). A pesar de la equivocada estrategia surgió el romance y… la boda.

Con reina en casa, el nuevo monarca inició su reinado con mucha enjundia. De entrada promulgó una serie de decretos que lo hicieron ver como el salvador del imperio. Todo iba “bien” hasta que se descubrió que a espaldas del pueblo él había construido un lujosísimo palacete blanco con el dinero de las arcas del reino. Mientras tanto, el pueblo cada día se debatía más en las quijadas de la miseria. Para justificar su desliz, el monarca, escudándose en su consorte le pidió que saliera a la plaza pública a explicar el origen de los dineros. La explicación fue tal inverosímil que no tuvo efecto, el pueblo no se tragó la historia.

Este cuento apenas empieza.

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