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La cuenta por daños a la ciudad inicia con $21 mil millones

De las repercusiones negativas que ha tenido en la calidad de vida de buena parte de los tapatíos el crecimiento caótico y desparramado de la ciudad hemos hablado y escrito mucho en las últimas tres décadas, sin embargo, muy poco o nada se había dicho de los costos que como comunidad nos representa en dinero la mala planeación urbana.

Por eso destaca el aporte de la investigación periodística que nos presentó en nuestra edición de ayer y que amplía hoy mi colega Agustín del Castillo, quien hizo un muy acucioso análisis del diagnóstico que contiene el Plan Nacional de Desarrollo Urbano 2014-2018 sobre la zona Metropolitana de Guadalajara. El estudio lo realizaron los técnicos de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), dependencia creada en el actual sexenio para tratar de hacer frente al deterioro urbano causado por años de crecimiento desestructurado, alimentado por la mezcla de tres factores: la voracidad de malos constructores; la corrupción de autoridades municipales y la ausencia de los gobiernos estatales; y las erráticas políticas públicas de los gobiernos federales (particularmente en el sexenio de Vicente Fox) para facilitar la adquisición de vivienda. 

 Fruto de esa revisión, ayer conocimos que la dispersión urbana, tan sólo en materia de movilidad, nos cuesta 21 mil millones de pesos, que representan el 4.7 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) estatal y colocan a la Zona Metropolitana de Guadalajara como la ciudad que paga mayores costos por este rubro en México. Queda contabilizado así el impacto financiero negativo que generan en pérdidas laborales los miles de viajes que se hacen a diario de las ciudades dormitorio (léase lejanos fraccionamientos enclavados en Tlajomulco, Tonalá, El Salto, Zapopan, Zapotlanejo e Ixtlahuacán) para que los que ahí habitan lleguen a sus cada vez más lejanos centros de trabajo o estudio, así como la generación y exposición a los contaminantes que genera un cada vez mayor parque vehicular que, a su vez, dura cada vez más horas circulando, disminuyendo la calidad de vida y felicidad de los que padecen esas pésimas urbanizaciones.

Lo deseable ahora sería que estos y otros cálculos y cifras de lo que hemos dilapidado por corruptelas, malas decisiones y la desmedida ambición de algunos desarrolladores inmobiliarios nos sacudan y muevan a la acción, para exigir que los responsables tomen cartas en el asunto y paren estos siniestros humanos.

Porque como decía arriba, hasta hoy habíamos descrito mucho los daños, sin que hasta el momento se hayan tomado decisiones y diseñado políticas públicas que se traduzcan en acciones contundentes que paren los desastres urbanos cuyas ruinas encontramos en distintas zonas de la metrópoli. Ojalá esa historia cambie ahora que nos trajeron el primer cobro de la cuenta de esos daños a nuestra casa grande. 

jaime.barrera@milenio.com

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