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La alerta ignorada de Iris

Han pasado ya más de ocho años y aún me conmociona recordar aquella terrible historia ocurrida un 31 de agosto del 2007, y que pese a lo trágica, era una de otras muchas de violencia contra mujeres, que eran minimizadas y solapadas por las autoridades con una increíble impunidad criminal.

Un caso de imperdonable negligencia oficial, como aún ocurren con más frecuencia de la que imaginamos, y que ojalá la alerta de violencia contra las mujeres emitida el lunes logre erradicar con el indispensable concurso de todos y de todas.

Aquel día me sacudió la noticia de que Manuel González Álvarez, de 39 años de edad, estudios de secundaria y almacenista de los entonces supermercados Gigante, había matado a balazos a sus tres hijos, a su suegra y dejado gravemente herida a su pareja Iris Angélica Martínez Larios, para luego suicidarse.

Iris logró levantarse de ese cuadro de muerte y pudo contar, meses después, todo el ninguneo y humillaciones que tuvo que padecer en las oficinas públicas de Tonalá, y hasta en las de Colima, en su búsqueda de que alguna autoridad pusiera un alto a las constantes y cada vez más violentas agresiones de su pareja, a quien había conocido en el mismo supermercado donde ella era vigilante.

Con profunda rabia, Iris reveló que antes del último ataque de su concubino, había acudido a principios de ese año al DIF de Tonalá, para buscar terapia o atención psicológica para su violenta pareja. El agresor sólo acudió a dos citas y abandonó el tratamiento. Pero esa no fue la única señal que ignoró la autoridad municipal. También pasó por alto que cuatro meses antes del multihomicidio, en abril del 2007, Manuel fue detenido por segunda ocasión por policías municipales, por escandalizar en la calle tras agredir a Iris en su propia casa. Pero el clímax de este episodio de irresponsabilidad y falta de prevención vino el 4 de junio cuando Manuel volvió a llegar iracundo y empezó a gritarle a Iris, quien por evitar que sus hijos escucharan la riña, intentó alejarlos subiendo a la segunda planta de su casa, hasta que los jaloneos de su pareja la hicieron caer y rodar por las escaleras provocándole severos moretones. “Ocupa tres de estos para que pueda hacerse algo contra su marido”, le dijeron en la Cruz Verde de Tonalá tras entregarle el parte médico al día siguiente, ante el inacabable desconcierto de Iris, por tanta frustración e impotencia. Su última petición de auxilio fue en el Juzgado Mixto de Paz de Villa de Álvarez, en Colima, a donde se pensaba fugar con su familia para ya no saber más de Manuel.

Lo logró hacer destrozada y con una enorme soledad. Victimizada por la violencia, sin sus hijos ni su madre, porque ninguno de los servidores públicos a los que contó sus miedos, siguió su caso, ninguno impuso alguna sanción o medida de protección.

Los gritos de auxilio de Iris que encontraron oídos sordos son los de muchas otras mujeres que siguen sin ser atendidos. Por eso el gobierno, y todos como comunidad, debemos trasladar del escritorio a la realidad los propósitos de esta nueva alerta de violencia contra las mujeres. Hagámoslo para honrar un poco el dolor de Iris.


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