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Lo que Ayotzinapa se llevó, nos dejó y nos traerá

El pase del desafortunado ”ya me cansé” que en noviembre pasado verbalizó el titular de la PGR, Jesús Murillo Karam, al cerrar la rueda de prensa en la que dio a conocer la primera versión completa de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, al “fueron muertos” de ayer, cierra, al menos en el discurso oficial, cuatro meses y un día de incertidumbre que dejan saldos irrecuperables para los familiares de las víctimas, y otros muy negativos para el país.

Lo primero que se lleva el anuncio del procurador, de que tienen la “certeza legal” de que los estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre “fueron privados de la libertad, privados de la vida, incinerados y arrojados al río”, y que esa es “la verdad histórica” del caso, es parte de la esperanza que mantienen los padres de familia que esperan con vida a sus hijos, y que dudan de la investigación oficial. Todo indica, sin embargo, que lo primero que se llevó la noche trágica de Iguala fue la vida de los suyos.

El caso Ayotzinapa se lleva también hecho añicos el Mexican moment y toda aquella narrativa presidencial desnarcotizada, la de los pactos por México y el despegue nacional luego del ciclo reformador que alcanzó su culmen en el segundo informe de gobierno el pasado 1 de septiembre con el anuncio del megaproyecto del nuevo aeropuerto, hasta que 25 días después Ayotzinapa lo empezó a diluir hasta desaparecerlo.

Además del profundo sufrimiento y dolor en los padres de los normalistas, el caso Ayotzinapa deja, pues, roto el discurso del ciclo reformador concluido, y obligó al poder presidencial a reconocer las críticas que siempre afirmaron que antes de las reformas estructurales impulsadas por el peñanietismo, lo que en México urgía era una reforma para recuperar el Estado de Derecho y la seguridad. Fruto de ello fue el decálogo de reformas que envió al Congreso hace justo dos meses y que sigue sin avanzar.

Ayotzinapa deja también la mayor crisis política del gobierno de Peña, que inicia con la crisis de seguridad en Guerrero y que muestra los graves niveles de descomposición social que alcanza la mezcla corrupción y narcotráfico, y que desembocó con la crisis de confianza que provocó la revelación de la existencia de mansiones presidenciales que involucran licitaciones públicas millonarias, como la del Tren México-Querétaro que no quedó de otra mas que cancelarla.

La “verdad histórica” de la PGR está lejos de cerrar el caso y Ayotzinapa traerá de entrada el rechazo de los familiares de los normalistas a las conclusiones de Murillo Karam y la exigencia de peritajes independientes, pero también la radicalización de los movimientos que están medrando de ese dolor. 

Ojalá Ayotzinapa traiga también una sacudida permanente a los mexicanos para exigir a los gobiernos acciones que den resultados y no discursos que traten de ocultar la degradación y la descomposición de la que son parte por negligentes y corruptos. Sólo así desaparecerá la crispación y el hartazgo social que hoy nos aturde por la historia de Iguala a la que el gobierno quiso poner punto final ayer.

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jaime.barrera@milenio.com