Articulista invitado

Las reformas y el largo plazo

El gobierno propone cambios profundos, aun cuando su rentabilidad no será inmediata, pero llegará.

Como dice mi amigo el doctor David Konzevik, la Revolución de las Expectativas que trae consigo el siglo XXI y la globalización de la información en tiempo real "nos obligan a repensar lo pensado y a pensar lo no pensado".

La tecnología transforma al mundo diariamente y nos obliga a desarrollar aptitudes inéditas y pensar en cambios de paradigma que hace algunos años parecía imposible plantear por ser "políticamente incorrectos" o simplemente "intransitables".

México se enfrentó a ese dilema y planteó en los primeros meses de la administración del presidente Enrique Peña Nieto una serie de reformas estructurales cuya prioridad era adaptarse a las nuevas circunstancias globales, para eliminar los obstáculos que han impedido al país insertarse definitivamente en la modernidad y el crecimiento permanentes.

Uno de estos cambios de fondo, la reforma financiera, cambió muchas reglas del juego en la legislación relacionada con instituciones de crédito, a fin de facilitar que el financiamiento a las personas y a las empresas fluya en mayor cantidad y en mejores condiciones de tasas y plazos.

En el caso de Nacional Financiera, gracias a estos cambios el año pasado se logró crecer el saldo de cartera crediticia 17 por ciento, lo que significa que con sus créditos directos o inducidos vía garantías a la banca comercial y a otros intermediarios, ha fluido más financiamiento que el que se hubiera registrado sin la reforma ya citada.

Las mejores condiciones para incentivar el crédito hacen también que se haya lanzado un programa de financiamiento único en el mundo y, por supuesto, sin precedentes en México.

La estrategia integral Crédito Joven, que ya operan la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, la Secretaría de Economía y el Instituto Nacional del Emprendedor junto con Nafinsa, busca bancarizar en su primera etapa a la población mexicana de entre 18 y 30 años con financiamientos de entre 50 mil y 150 mil pesos a una tasa de 9.9 por ciento anual, impensable para quienes no cuentan con antecedentes crediticios.

Este es solo un ejemplo de que México puede cambiar, aunque los resultados no se den por arte de magia, sino con cambios profundos en nuestra estructura legal. La reforma financiera registra ya avances en un primer año de vigencia, pero —como la energética y la de telecomunicaciones, por ejemplo— requiere madurar en el largo plazo.

Los cambios implican riesgos y costos políticos que esta administración ha asumido, porque piensa no solo en el corto plazo, sino que se atreve a proponer transformaciones profundas, aun con la certeza de que su rentabilidad no será inmediata pero que llegará, siempre en beneficio de un desarrollo sostenido.

La visión de un estadista es precisamente esa: la que atiende no solo a las voces de reclamo inmediato que rehúyen el debate serio y buscan el aplauso coyuntural, sino que con valentía se atreve a sentar las bases de beneficios que llegarán conforme vayan implementándose las propias reformas en el largo plazo.