De medios y otros demonios

Por una libertad libre

Como cientos de los manifestantes que marcharon este 2 de octubre, yo no estuve presente en la masacre de 1968, ni siquiera había nacido. La conmemoro porque conozco los hechos que la detonaron, el entorno en el que ocurrió y la consecuencia que tuvo.

Lo que vimos este 2 de octubre de 2013 nada tiene que ver con lo que significó la protesta de la sociedad mexicana que se sumó, entonces, a estudiantes que exigían libertad de los jóvenes detenidos (ya sea en manifestaciones o por persecución política) y castigo a los responsables de ordenar y ejecutar dichas acciones.

En resumen: respeto a la ley por parte de las autoridades de la época en beneficio de la sociedad. Una situación que, de haberse cumplido, nos habría ahorrado años en el acceso a la democracia.

Generar desorden como provocación para después argumentar maltrato o abuso de autoridad, es tema común en redes sociales donde una foto descontextualizada o video editado causan indignación generalizada.

Es cierto que la reacción policiaca derivó en abusos de autoridad que deben ser sancionados, pero también que la manifestación conmemorativa del 2 de octubre no implicaba ningún enfrentamiento con nadie.

Los policías actuaron a partir de la agresión de grupos de revoltosos (muy lejanos a ser revolucionarios), que con consignas rescatadas del ostracismo ochentero —algunas de ellas, repetidas más por costumbre y acto de fe que por entendimiento—, pusieron en riesgo a los habitantes de la Ciudad de México que, en determinados momentos, se vieron víctimas de uno u otro bando.

Los medios, como suele pasar en estos casos, no fueron ajenos de los toletazos policiales y las pedradas, agresiones y robos de los anarquistas. Acostumbrados a la labor periodística y de manera responsable, se mantuvieron en su línea de informar hasta donde fuera posible sin poner en riesgo sus vidas o la de quienes los rodeaban.

Pero también es necesario denunciar a quienes, disfrazados de medio de comunicación y escudados en una cámara fotográfica o de video, se lanzan a las calles sin ningún fin informativo, más bien con miras a documentar lo que después será usado en material propagandístico.

No es nuevo que personas ajenas a los medios se hagan pasar por periodistas para obtener beneficios o simular acciones informativas, en el Estado de México se informó, hace algunos años, del asesinato de un reportero que, al investigarse el caso, resultó ser una persona con una credencial hechiza de prensa de un supuesto periódico que, además, nunca existió.

Escudarse en ser periodista para realizar actividades propagandistas o de militancia política no solo es antiético, también pone en riesgo las vidas de quienes sí se dedican a informar sin entorpecer acciones policíacas sino documentarlas como obliga su labor.

La libertad de expresión no puede ser rehén de un grupo que la usa solo para justificar la agresión y la violencia solo por la violencia misma.