De medios y otros demonios

El fin del modelo de la imagen

Las elecciones de 2000 generaron un cambio en la manera de hacer campañas; la imagen se convirtió en la reina de los procesos con un modelo de comunicación que para nuestros días comienza a dar muestra de ser insostenible, más aún con una sociedad cada vez más exigente.

Durante 15 años el modelo de la imagen ha caracterizado cada contienda. Los participantes dilapidan sus recursos en fotografías editadas en exceso, a grado tal que en más de un caso la gente no reconocía a los candidatos, incluso negando que se trataran del mismo que vieron en pancartas y espectaculares.

El manejo de la imagen impregnó todas las áreas de la vida pública, trasladándolo de los procesos electorales a las administraciones públicas y dejando que las decisiones políticas y de gobierno se tomaran en función de cómo sería percibido cada gobernante por la ciudadanía.

En el nombre de la imagen se cometieron cualquier cantidad de abusos y errores en la toma de decisiones de gobierno; en consecuencia, la ciudadanía comenzó una larga y desesperante agonía de desencanto que parecía no tener fin, fomentando la decepción social en cada acción administrativa.

El modelo está agotado, desgastado, dando sus últimos resultados que, por lo mismo, serán endebles y mínimos en un proceso que, por consecuencia del desencanto, entre otros factores, puede vislumbrarse como uno de los que menos participación ciudadana tendrán.

La era de la imagen llega a su fin. No se le auguran más de uno o dos años y con ella el descrédito y desconfianza generados por la falsa construcción de expectativas imposibles de cumplir y cuyas fallas se trataban de mantener bajo la alfombra con otro artilugio de manejo de imagen en una cadena que parecía nunca acabar.

El problema con ello es que dependía de presentar lo que no se es; dependía de presentar una mentira que, por consecuencia, debía ayudarse de otra serie de falsedades o verdades a medias que tarde que temprano terminaban cayendo, tal como ocurrió.

No obstante, ya hay una opción al desgaste ocasionado por el modelo de la imagen, se le ha denominado (hasta ahora) como el modelo del storytelling, basado en, como su nombre lo dice, contar historias que puedan brindar a los ciudadanos mayor información sobre aquellos que se presentan en las urnas.

Evidentemente, el modelo del storytelling será más exigente con los comunicadores; requerirá capacidad narrativa, discursiva, analítica, constructiva; conocimiento de las características de cada uno de los medios (todos los masivos más los principales sociales) para saber qué contar, cuando y dónde. Será una exigencia mayor que no obstante arrojará mejores resultados. Por lo pronto, suframos con lo que hay.