De medios y otros demonios

El día después de Roger Waters

Y entonces él, frente a un público a modo que aplaudiría y vitorearía lo que sea que hiciera, sacó un papel y leyó lo que suponemos fue escrito por su propia mano y autoría, al hacerlo le dio su firma, encabezó el reclamo indignado, se convirtió en la voz (con acento extranjero) de los desaparecidos y abogó por los pobres... él, el británico que alcanza los 22 millones de dólares en un año a costa de ellos.

Las presentaciones de Roger Waters en México estuvieron cargadas de polémica, compañera fiel e inseparable del discurso político, reducidas a un breve mensaje que no rebasa los cinco minutos, suficientes para opacar cualquier otra cosa a su alrededor.

La esencia del reclamo, esa exigencia de justicia para quienes la merecen, quedó minimizada por la réplica del discurso político fácil y ambiguo de la exigencia de renuncia sin respuesta ni propuesta; resumen del rencor sembrado, cuidado, fertilizado y preparado para el momento de la cosecha de las urnas.

No se trató de una exigencia popular, fue un discurso político bien planeado y estructurado para darle a cerca de 200 mil asistentes más otro tanto de seguidores por internet sus "dos minutos de odio" necesarios para que el sistema funcione porque el sistema necesita que el rencor crezca hasta convertirse en miedo y, así, seguir subsistiendo como hasta ahora.

Porque el sistema se crea a sí mismo, se alimenta y se justifica, se encumbra y se destruye para reconstruirse de nueva cuenta con nuevos elementos estructurados en las mismas bases porque ello garantiza la repetición irremediable e indefinida de su destino, porque así es el sistema... porque así subsiste el sistema.

Desde el oficialismo se exige castigo para el "extraño enemigo" que osó profanar con sus palabras el "suelo patrio" del presidencialismo; sin respuesta, claro, porque el secretario de Gobernación, responsable de hacer valer la ley, quedó entrampado en su sueño presidencialista: si castiga será represor, si no, incapaz de defender y hacer valer la Constitución.

En cualquier caso, el golpe está dado, los jóvenes de la izquierda radical e irreflexiva salieron extasiados porque escucharon justo lo que querían que les dijeran, con la esperanza que otorga el sentir, el creer, que lo que se hace tiene algún tipo de sentido y justificación.

En las cercanías de una conmemoración que no se olvida pero que es incapaz de ser recordada de tan manoseada y tergiversada; los "dos minutos de odio" caen como remanso de agua para que el sistema siga siendo, siempre, el mismo sistema.