De medios y otros demonios

Tristeza profunda

Indignación, coraje, rabia, decepción. Son solo algunas de las palabras que se repitieron una y otra vez este viernes en las distintas redes sociales de México. El anuncio hecho por el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam sobre el destino de los 43 estudiantes de Ayotzinapa raya en el insulto a la inteligencia.

Las incongruencias de la versión oficial son demasiadas y absurdas, parecen uno más de esos montajes armados así como para dar carpetazo al tema y dejar que las cosas "se enfríen" para pasar a la siguiente desgracia nacional.

Es indignante la forma en la que el titular de la PGR toma las cosas: desgarbado, recargándose de manera informal sobre el atril como si estuviera en una cantina platicándole a sus amigos de juerga algún chiste o una historia más del trabajo; sin respeto y alcanzando a decir, no tan fuera del micrófono, el tristemente célebre "ya me cansé".

¿Cómo no enojarse ante tal displicencia? ¿Cómo no enfurecerse y sentir identidad con los padres de los jóvenes desaparecidos si prácticamente es el mismo trato que da cualquier agente del Ministerio Público del país cuando intenta explicar a las víctimas los resultados de su "sesuda" investigación?

Se voltea entonces a la sociedad y ¿qué ocurre? Cobardes encapuchados prenden fuego a las puertas de Palacio Nacional. Grupos de choque (no se entiende que ciudadanos que se manifiestan libremente anden cargando gasolina "para lo que se pueda ofrecer" ¿no?) que solo buscan magnificar lo evidente: la impotencia, incapacidad o desinterés del gobierno federal; es decir, lo de siempre.

Mientras las puertas del Palacio Nacional ardían, propagandistas que se hacen pasar por pseudoreporteros se apuraban a tuitear argumentos en defensa de estos grupos, diciendo que había cosas raras en su actuar y tratando de insinuar que podrían ser "infiltrados".

Desolación absoluta.

De un lado: un gobierno impotente, incapaz o indiferente (que para el caso da exactamente la misma cosa). Del otro: una sociedad confundida, aturdida, manipulada, fastidiada y menospreciada, cuyas causas son descontextualizadas y utilizadas para los más bajos fines políticos (lo de siempre).

¿Qué nos queda? ¿Hacía dónde hacernos ante un cúmulo de personas que no quieren justicia sino venganza? ¿En quién refugiarnos si quienes deberían protegernos están más ocupados en convencerse de que las cosas no son como parecen y que se trata de un asunto efímero?

Combatir violencia con violencia nos ha traído al México que somos hoy, al que nos hemos convertido. Y parece que aún no hemos aprendido que hay otras formas y otros caminos. Hay razones para estar tristes, más que las evidentes.