Daños colaterales

El último adiós a Alfredo Alcón

Nacido un 3 de marzo de 1930 en la localidad bonaerense de Ciudadela y actor desde los 25 años, ícono del teatro y del cine argentino desde la llamada época de oro, con más de 40 películas en su haber, Alfredo Alcón murió el sábado a los 84 años de un paro respiratorio a causa de un cáncer que lo afectaba. Fue velado en el Congreso nacional, en el Salón de los Pasos Perdidos y ayer fue enterrado en el cementerio porteño de la Chacarita, en el Panteón de los Actores, ante la presencia de otros grandes del espectáculo, entre ellos Norma Aleandro (El hijo de la novia) su compañera en los escenarios, en el amor y en la más perdurable amistad.

Protagonista de películas inolvidables como Nazareno Cruz y el lobo, de Leonardo Favio, El santo de la espada, Boquitas pintadas o Los inocentes, del español Juan Antonio Bardem, Alcón fue también la mayor figura del teatro nacional al encarnar como ningún otro personajes de Shakespeare, de García Lorca, de Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Eugene O’Neill y Samuel Beckett.

Reconocido entre sus pares como un actor popular, con gran responsabilidad y una ética sobre el trabajo que incluyó el respeto a todos sus colegas y la disposición a rendir al máximo en cada una de sus actuaciones, Alcón concedió el 17 de octubre del 2000 a la revista dominical Viva, de Clarín, una de las pocas entrevistas que aceptó dar para hablar de él mismo.

Se la dio a mi hermana Claudia Selser, sentado en un sillón de cuero en el emblemático teatro, su Teatro San Martín. Tenía entonces 70 años y ningún empacho en reconocer que no sabía usar el cajero automático. Ensayaba por esos días el papel de Próspero, el protagonista de La tempestad, de Shakespeare, y según Claudia, “encontrar a Alcón detrás de sus palabras es tan difícil como atravesar las mil capas de gestos, miserias y grandezas de cada uno de los personajes construidos a lo largo de más de 50 años de carrera. Porque con un tono campechano y una humildad tan sincera como fuera de serie, él levanta vallas frente al menor intento de avanzar sobre una intimidad que considera su tesoro”.

En el cine, ese hombre poco extresivo, capaz de acordarse de los nombres de todos sus compañeros de trabajo, desde el primer actor hasta el tiracables, debutó a los 25 años como galán. Un papel a la altura de su belleza física, que, diría entonces a Clarín, lo obligó a “luchar mucho para demostrar que podía ser algo más que un galancito”.