Daños colaterales

El propósito de Francisco, “eliminar barreras y abrir puertas”

El libro de la semana

Mucho hay aún para decir y reflexionar sobre el viaje del papa Francisco a Cuba y EU. Para no especular, remito al lector de nueva cuenta al libro de reciente aparición, que ya hemos citado en este espacio, El gran reformador. Francisco, retrato de un Papa radical, del periodista británico experto en religión –y en la Iglesia argentina en particular– Austen Ivereigh (Ediciones B, México, mayo de 2015, pp. 603; The Great Reformer: Francis and the Making of a Radical Pope) en cuyo Epílogo, "La gran reforma" el autor da las claves para entender en qué sentido se puede decir que el primer Papa jesuita y latinoamericano es "radical" y un "gran reformador". Claves que también sirven para ubicar en su dimensión el sentido de su último periplo, y de su papel, no solo en el histórico acercamiento Obama-Raúl Castro sino en otros procesos como "facilitador" o "mediador" de paz como es el caso de Colombia o de Israel y Palestina.

Dice Ivereigh (p. 516): "El radicalismo de Francisco no debe confundirse con una doctrina o una ideología progresistas. Es radical porque es misionero, y místico. Francisco se opone de manera instintiva y visceral a los 'partidos' dentro de la Iglesia. Entronca su papado con el catolicismo tradicional del santo Pueblo fiel de Dios, sobre todo de los pobres. (...) Francisco persigue la unión de la Iglesia universal, (...)anclándola en los fieles comunes y en los pobres al tiempo que llama la atención a los mil doscientos millones de católicos del mundo sobre la misión y la evangelización. (...) En tanto que primer Papa que, más que formar del Concilio Vaticano II, es un producto de este (...), Francisco constituye la mayor oportunidad en generaciones de sanar la división que existe entre católicos liberales y conservadores. Que lo consiga o no dependerá en gran medida del proceso sinodal que él mismo ha puesto en marcha".

Para Ivereigh, un momento importante en esa tarea unificadora fue la canonización conjunta, en abril de 2014, de Juan XXIII y Juan Pablo II, iconos de ambos "bandos" de esa división a partir del Concilio Vaticano II.

A la vez, un denominador común permite entender el empeño de Jorge Mario Bergoglio, que el 17 de diciembre cumplirá 79 años, para tender puentes no solo entre las distintas iglesias y confesiones (como se evidenció en la misa común el 25 de septiembre en el Memorial de la Zona Cero de Nueva York en homenaje a los casi 3 mil muertos del 11-S, junto a representantes de todas las religiones, sino también entre pueblos y países como es el caso de Cuba-EU, de Siria o de Israel-Palestina.

Convencido de que el papado debe volver a ser "una fuerza geopolítica" –como lo fue sin duda bajo Juan Pablo II, cuando ayudó a desintegrar el mundo bipolar–, Francisco no ha escatimado simbolismos y actos para avanzar en esa dirección aunque beneficiosamente con otra perspectiva de la historia, como fue rezar junto al muro de seguridad israelí en su viaje a Jerusalén (mayo de 2014), cuando además invitó a los presidentes israelí y palestino a acudir al Vaticano "a rezar y dialogar". O cuando envió insistentes cartas a Barack Obama y Raúl Castro para abrir la puerta a un acuerdo histórico y poner fin a un conflicto de casi seis décadas.

Dice también Ivereigh: "El radicalismo de Bergoglio nace de su disposición a llegar a lo esencial, a despojarse de todo para llegar al Evangelio: a pesar de su poderoso intelecto, de su mentalidad política y de su sofisticación teológica, su creencia es primitiva, concentrada: Dios es soberano, el demonio está activo, debemos discernir y escoger". Y también dialogar. De hecho, recuerda el autor, cuando Francisco reunió a Shimon Peres y a Mahmud Abas en el Vaticano para rezar por la paz el 8 de junio de 2014, les dijo: "Más de una vez hemos estado al borde de la paz, pero el maligno, recurriendo a una serie de medios, ha conseguido impedirla. Por eso estamos aquí".