Daños colaterales

1914-2014: De la paz a la guerra y… ¿de nuevo a la guerra?

El libro de la semana

 

Dijo el gran Albert Camus en su libro La peste, que “ha habido tantas plagas como guerras en la historia; pero tanto las guerras como las plagas siempre toman por sorpresa a la gente”. Una reflexión más que oportuna, que sirve de epígrafe al libro de la historiadora y politóloga canadiense Margaret MacMillan (Toronto, 1943).

Rectora del St Antony’s College de la Universidad de Oxford y profesora de Historia Internacional en el mismo centro de estudios, MacMillan es autora, además de decenas de artículos, de los libros París 1919: seis meses que cambiaron el mundo (Premio Samuel Johnson 2002) y Juegos peligrosos. Usos y abusos de la Historia (2002).

Ahora con su magistral obra 1914. De la paz a la guerra (Turner, Barcelona 2014, 847 pp.), que acaba de presentar en México (edición original en inglés: The War what Ended Peace. How Europe Abandoned Peace for the First World War, Profile 2013), MacMillan, doctora en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, rememora la “autodevastación” de Europa durante la también llamada Gran Guerra, que comenzó hace 100 años, el 28 de julio de 1914 y finalizó el 11 de noviembre de 1918. El saldo: más de nueve millones de soldados muertos y otros 15 millones de heridos, la devastación de casi toda Bélgica, del norte de Francia, de Serbia y de parte de los imperios ruso y austro-húngaro como expresión y símbolo, dice la autora con su prosa lúcida y llena de humanidad, “de  la destrucción insensata, del daño infligido por los propios europeos (…) y del odio irracional e incontrolable entre pueblos que tanto tenían en común”.

Considerado el quinto conflicto más mortífero de la Historia desde los comienzos de la humanidad, la Gran Guerra inició en Serbia, a solo 977 kilómetros de donde hoy las principales potencias occidentales —“todas armadas hasta los dientes”, como dice MacMillan del escenario previo a la guerra general de 1914— disputan a Rusia el control hegemónico de Ucrania, país bisagra entre Europa y Asia.

Dos alianzas opuestas se enfrentaron entre 1914 y 1918 luego de que Austria desencadenara el conflicto: de un lado la Triple Alianza, integrada por el Imperio alemán y Austria-Hungría y del otro la Triple Entente, formada por Francia, el Reino Unido y el Imperio ruso, que junto con los nuevos socios en la guerra, Italia, Japón, Estados Unidos y Bulgaria llegaron a sumar más de 70 millones de militares, de ellos 60 millones provenientes de Europa.

Y aunque es de sobra sabido que el detonante de la Gran Guerra fue el asesinato en la ciudad serbia de Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, mientras que la causa ulterior se relaciona con las disputas imperiales desde la segunda mitad del siglo XIX por la posesión y control de amplias regiones de África y Asia, junto al explosivo cóctel del fervor de los nacionalismos, MacMillan deja abiertas las respuestas ante un abanico de preguntas sobre quiénes fueron los verdaderos responsables —“culpables”, prefiere decir ella— de la Primera Guerra Mundial. “¿O no hubo un  culpable? ¿Hemos de volvernos más bien hacia las instituciones y las ideas? ¿Estados mayores demasiado poderosos, gobiernos absolutistas, darwinismo social, culto a la ofensiva, nacionalismo?”

“Acaso —prosigue— a lo más que podamos aspirar sea a entender lo mejor posible a aquellos individuos que debieron decidir entre la guerra y la paz, así como sus fuerzas y debilidades, sus amores, sus odios, sus prejuicios. Para ello tenemos también que entender su mundo, los supuestos de la época”.

Pensando en la compleja coyuntura actual, no solo en Ucrania sino también en Oriente Medio, en África y en el centro y sur de Asia, donde lo que podríamos llamar la “Internacional Yijadista” no solo no retrocedió —como pronosticaron algunos analistas tras la muerte del fundador de Al Qaeda, el multimillonario saudí Osama bin Laden a manos de EU— sino que de manera sorpresiva, como diría Camus, ha vuelto a desafiar las políticas de EU y de Europa —como ocurrió en 2001 tras los atentados terroristas contra las Torres Gemelas y el Pentágono—, quizá valga compartir esta otra cita de la pormenorizada crónica histórica de MacMillan: “El propio éxito de Europa al haber sobrevivido a esas crisis anteriores condujo paradójicamente a la peligrosa seguridad, en el verano de 1914, de que una vez más surgirían soluciones en el último momento y se lograría preservar la paz. Y si quisiéramos señalar culpas desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podríamos acusar de dos cosas a quienes llevaron a Europa a la guerra. Primero, de falta de imaginación para ver cuán destructivo sería un conflicto semejante; y segundo, de falta de valor para enfrentarse a quienes decían que no quedaba otra opción que ir a la guerra. Siempre hay dos opciones.”

A cien años de distancia de aquel verano de 1914, la pregunta es si hay alguien entre las grandes potencias mundiales y sus corporaciones militar-industriales interesado en la segunda opción.