Daños colaterales

Monseñor Romero, 35 años después

La inminente beatificación del arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, este 23 de mayo, a 35 años de su muerte y 25 de que se iniciara el lento proceso ante el Vaticano, remite a los años más cruentos de la historia de América Central, cuando junto al estallido de la guerra civil en El Salvador y la lucha guerrillera en Guatemala, la doble administración del republicano Ronald Reagan impuso a Nicaragua su guerra intervencionista (1981-1990), la llamada "guerra de los contras", la más prolongada en la historia de América Latina y cuyo objetivo fue desestabilizar militar y económicamente a la triunfante revolución sandinista (1979), hasta lograr su destrucción política por la vía de las urnas, en febrero de 1990.

Para muchos, la guerra civil en El Salvador dio inicio con el asesinato de monseñor Romero, el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa, aunque la ONU data el conflicto a partir de 1979 y hasta 1991. Doce años durante los cuales la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) –en el poder desde 2009, reconvertida en partido político democrático– intentó sin éxito tomar el poder, aunque fue reconocido por México como fuerza beligerante y en enero de 1992 firmó la paz en el Castillo de Chapultepec, en el marco de los acuerdos de Contadora para la pacificación de Centroamérica, promovidos por la Cancillería mexicana.

Opositora antes y ahora del FMLN (creado en 1980) es la Alianza Republicana Nacionalista (Arena, derecha), fundada en 1981 por el mayor del Ejército, Roberto D'Aubuisson, creador también de los paramilitares Escuadrones de la Muerte. La Comisión de la Verdad para El Salvador, que funcionó a instancias de la ONU en 1992-1993, involucró formalmente a D'Aubuisson (pp. 180 y 234) como uno de los autores intelectuales del asesinato de monseñor Romero, dando "instrucciones a su entorno de seguridad de cómo organizar y supervisar el asesinato".

En septiembre de 2011, el vespertino salvadoreño CoLAtino reveló finalmente el nombre de su asesino material: Marino Samayor, un suboficial de la disuelta Guardia Nacional, que entonces se desempeñaba como miembro del equipo de seguridad del presidente salvadoreño, coronel Arturo Armando Molina, perteneciente a Arena, el partido del empresario salvadoreño. Uno de sus líderes, Roberto Daglio, prestó su residencia para la reunión en la que se planificó el crimen del arzobispo.

Monseñor Romero estaba consagrando la hostia con los brazos en alto en la pequeña capilla del Hospital de la Divina Providencia, en San Salvador, cuando Samayor le disparó al pecho con un fusil suizo calibre .219, matándolo en el acto.

Se afirma ahora que el hoy papa emérito Benedicto XVI "agilizó" el proceso de beatificación de Romero, pero durante años, tanto aquél –como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981 a 2005, como Juan Pablo II (1978-2005) no dieron curso a la solicitud, presentada hace un cuarto de siglo, en 1990. Y esto a pesar de que monseñor Romero, contrario a otras aseveraciones, era de origen conservador y cercano del Opus Dei; aunque la brutal represión de las dictaduras cívico-militares de su país lo convirtió en un abanderado de la defensa de los derechos humanos.

Para monseñor Vincenzo Paglia, quien postuló la causa de beatificación del "mártir Romero", éste fue víctima "de la polarización política", a sabiendas de que Romero "no era un obispo revolucionario sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y por tanto de los pobres".

La guerra de 1980-1991 en El Salvador dejó, según expertos, unos 75 mil muertos, aunque el pequeño país centroamericano –cuna de poetas como Roque Dalton y de los volcanes que inspiraron a Antoine de Saint-Exupéry en su magistral El Principito– ha sido pródigo en crímenes, los cuales se remontan a la feroz dictadura de Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944), que masacró a 25 mil indígenas y campesinos en 1932, junto a líderes políticos y estudiantiles, entre ellos Agustín Farabundo Martí, cuyo nombre sería retomado por el FMLN como símbolo de lucha.

El compromiso decisivo de monseñor Romero con la causa de los pobres quedó sellado en marzo de 1977, con el asesinato de su amigo y sacerdote Rutilio Grande, impulsor en el país de las comunidades cristianas de base, que en toda América Latina alentaba la Teología de la Liberación para acercar "la Iglesia a la gente" –un esfuerzo que sería combatido con gran miopía por el Vaticano de Juan Pablo II, bajo cuyo ultraconservador pontificado la Iglesia católica perdería en la región 15% de sus fieles en promedio, según datos vaticanos.

Rutilio Grande fue asesinado seis días después de haber sido elegido vicepresidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador, y monseñor Romero, con 62 años, al día siguiente de exhortar al Ejército, durante su oficio religioso en la Catedral de San Salvador, a cesar las masacres. El llamado fue, en especial, a las bases de la Guardia Nacional de la policía, a quienes les dijo que estaban matando "a sus mismos hermanos campesinos. Y ante la orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: 'No matar'. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, ¡les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios que cese la represión!".