Daños colaterales

Israel-Nicaragua: el hedonismo del poder

Cómo se explica que el Estado de Israel, fundado hace 70 años para servir de hogar y refugio a millones de judíos perseguidos en todo el mundo, se haya convertido en una empresa “criminal y racista”, al desconocer los derechos de los palestinos a su propio Estado y a una tierra, la misma que habitaban en 1948 cuando entre el río Jordán y el Mediterráneo había un millón 350 mil árabes y 650 mil judíos conviviendo en paz

El entrecomillado no es nuestro sino de dos relevantes pensadores judíos contemporáneos, el lingüista Noam Chomsky e Ilan Pappé, uno de los llamados “nuevos historiadores” israelíes, opuesto a la creación de ese Estado por su esencia “ocupacionista”. Pappé responsabiliza a la clase política-militar israelí por la falta de paz en Oriente Medio a causa de su “brutal y humillante dominio”, como afirma en Conversaciones sobre Palestina (Icono, 2016), un libro impactante escrito junto a Chomsky, que desmonta varios mitos, entre ellos la condición de los judíos como “pueblo elegido” y que la Biblia les hubiera otorgado la tierra palestina.  

A 12 mil kilómetros de distancia, otra realidad muy distinta pero no menos esquizofrénica nos conduce a la misma pregunta: ¿cómo entender la deriva absolutista del ex guerrillero Daniel Ortega, hoy de 72 años, quien encabezó en los años ‘80 la revolución sandinista?

Ortega nació en el seno de una familia opositora al dictador Anastasio Somoza García, cuya larga dinastía se prolongó en sus dos hijos, Luis y Anastasio Somoza Debayle, quienes tuvieron por cierto un final violento. El primer Anastasio fue  asesinado estando en el poder por el poeta Rigoberto López Pérez, de 27 años, y el segundo por un comando sandinista que lo emboscó en Asunción, Paraguay, en 1980, cuando ya era un exiliado tras el triunfo de la revolución de julio de 1979.

No son pocos los analistas que en Nicaragua han intentado explicarse la doble personalidad de Ortega, que al igual que los Somoza detenta hoy, tras 11 años ininterrumpidos en el poder, junto a su esposa y vicepresidenta Rosario Murrillo, un férreo control sobre la economía del país y sus instituciones. Como se llegó a decir de los Somoza, también los Ortega-Murillo tienen su propio “modo de producción”, al controlar los principales resortes como el petróleo, las inversiones, las telecomunicaciones, la exportación de madera preciosa y el turismo.

Con su conocido y sarcástico humor, los nicas se lamentan diciendo que “al menos el último de los Somoza solo tuvo a un hijo, el Chigüín, como eventual sucesor, pero los Ortega-Murillo tienen siete de ambos”, que también usufructúan el poder. La primera dama tiene además dos hijos anteriores, Rafael, que se ocupa de la cooperación con Venezuela, y Zoilamérica, quien vive autoexiliada en Costa Rica tras acusar años atrás a su padrastro Ortega de abuso sexual reiterado y violación.

El presidente argentino Roque Saénz Peña, un demócrata convencido que instauró en el país el voto universal, secreto y obligatorio, llegó a decir hace un siglo que “la felicidad de Estados Unidos es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo”.

Es una sentencia que bien podría aplicarse hoy a la hedonista sociedad israelí, cuyo bienestar como fin supremo está en la base de su expansionismo, y a Daniel Ortega, cuyo usufructo del poder ha resultado también un fin en sí mismo; insensible a los reclamos democráticos de la sociedad, en especial de una nueva generación de jóvenes que, como él hace 40 años, también se hartó del dictador.

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