Daños colaterales

"La historia de los árabes" ante otra guerra Israel-Palestina

El libro de la semana

 

A menudo, la guerra escapa a quienes se arriesgan a hacerla. Ella tiene su propia dinámica. Puede comprometer a sus protagonistas más allá de lo que ellos mismos deseen en un inicio. Es así como se anudan las tragedias”. La frase, que podría atribuirse al emperador romano Julio César, a Maquiavelo o al Adriano de la gran Marguerite Yourcenar, fue escrita sin embargo el pasado jueves a propósito del nuevo ciclo de violencias entre el gobierno de Israel y el movimiento islamista radical en la Franja de Gaza, el Hamás.

Bajo el título “¿La guerra a pesar de ellos mismos?”, el vespertino francés Le Monde comienza diciendo en su editorial que ni el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ni los jefes del movimiento Hamás “querían este desbocamiento. Ellos cedieron al arrebato retórico que, de una parte y de la otra, siguió al asesinato de tres jóvenes israelíes y luego al de un joven palestino, en junio. Se vieron arrinconados por su debilidad política recíproca”.

Si bien Netanyahu está bajo la presión de la ultraderecha israelí, que integra su coalición de poder, que le exige “terminar de una vez por todas” con Hamás, éste a su vez, “sobrepasado por los grupos más radicales y cuyo arsenal de cohetes es considerable, está más debilitado que nunca”, añade el editorial, sin el apoyo ya de los Hermanos Musulmanes egipcios, echados del poder hace un año por el mariscal y nuevo presidente Abdel al Sissi, abiertamente hostil a los islamistas. Sunita, el Hamás defiende el campo de la rebelión siria, lo que le ha hecho perder el apoyo de Siria y de Irán. A su vez, Netanyahu, ocupado en sobrevivir políticamente, “no tiene ninguna estrategia de largo plazo respecto del conflicto con los palestinos”. Pero como fuerza dominante sin recursos propios en el territorio de Gaza, “el Hamás y sus jefes ya no pueden más”, añade el diario a propósito de un escenario bélico que se repite con mayor o menor intensidad tras el estallido de la Segunda Intifada (“rebelión”) palestina, en el año 2000. En 2008-2009, la operación israelí Plomo Fundido, que incluyó la ocupación de Gaza, dejó mil 400 palestinos muertos, en su mayoría civiles, por 13 israelíes.

Pero no se trata aquí de competir con la cifra de los muertos, si bien este argumento ha actuado históricamente como un búmeran contra el establishment israelí desde la creación del Estado —laico— de Israel en tierras comunes de árabes y judíos en 1948, una de las últimas iniciativas del dominio británico en los países árabes tras la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Dicha iniciativa debía dar pie, a su vez, a la creación en paralelo de otro Estado, el palestino, con iguales derechos y mutuas obligaciones. Pero seis décadas después, éste sigue siendo una aspiración de los palestinos, lo que explica ampliamente el acumulado de odio y de dolor de parte de  los palestinos.

Como recuerda el experto británico Albert H. Hourani (1915-1993), a quien ya hemos mencionado en este espacio, en su clásico libro La historia de los árabes (1991, Ediciones Barcelona 2010), desde que en 1947 Gran Bretaña decidió traspasar el caso de la creación de un Estado de Israel a las Naciones Unidas, a cambio de retirarse de su protectorado en Palestina (bajo su control desde 1922), el plan fue rechazado por los árabes palestinos y los miembros árabes de la ONU. Finalmente, Londres puso fin a su mandato el 14 de mayo de 1948, día en que la comunidad judía declaró su independencia como Estado, con el reconocimiento inmediato de EU y Rusia, que deseaban la salida de Gran Bretaña de la zona.

“En una situación en la que no existían fronteras fijas ni divisiones demográficas claras, hubo combates entre el nuevo ejército israelí y las fuerzas de los Estados árabes, y en cuatro campañas interrumpidas por acuerdos de cese del fuego, Israel pudo ocupar la mayor parte del país”, dice Hourani.

 Añade que “gran parte de la tierra que había pertenecido a los árabes fue expropiada, apelando a diferentes medios legales, a favor de los colonos judíos. Aunque los ciudadanos árabes de Israel tenían derechos legales y políticos, no pertenecían totalmente a la comunidad nacional que estaba cobrando forma”.

Es ahí, decimos nosotros, en ese “quítate tú que me pongo yo”, donde reside el meollo de la crisis arabo-israelí o israelo-palestina que ha atravesado el cambio de milenio, en el entendido de que ambos pueblos por igual tienen el derecho a existir y tener su propio Estado. No solo el pueblo judío.