Daños colaterales

El epitafio que dejó escrito Juan Gelman

Buscando el fin de semana los libros de Juan en mi biblioteca, hallé, entre otros, en una selección de su obra editada por Casa de las Américas (Cuba, 1985) el poema “Epitafio”, donde nuestro amigo y colega en MILENIO, autor de Violín y otras cuestiones (1956); El juego que andamos (1959); Velorio del solo (1960); Gotán (1962) y Cólera buey (1965) entre muchos otros títulos, deja escritos los renglones que acompañarán su —de seguro activísimo— descanso en “el otro barrio”.

A menos que el poeta y periodista argentino, nacido en Buenos Aires el 3 de mayo de 1930 y fallecido en México el pasado martes 14, alguna vez empleado de comercio, camionero y metalúrgico, hubiera cambiado el texto sin saberlo el lector, así reza su adiós: “Un pájaro vivía en mí./ Una flor viajaba en mi sangre. Mi corazón era un violín. / Quise o no quise. Pero a veces/ me quisieron. También a mí/ me alegraban: la primavera,/ las manos juntas, lo feliz./ ¡Digo que el hombre debe serlo!/ Aquí yace un pájaro./ Una flor./ Un violín!”

Prosa inocente, de cotidiana ternura, que será la marca de agua de uno de los grandes poetas que nos dio América Latina; pero una cotidianidad, como le dijo en entrevista a Mario Benedetti (“Los poetas comunicantes”, Marcha, Montevideo, 1972), “entendida esencialmente como realidad”, que, además de esperanza y humor, para Gelman siempre fue también júbilo, candor, tristeza contenidos en el binomio irrenunciablemente gelmaniano de amor-lucha.

Como dice en El juego en que andamos, “si me dieran a elegir, yo eligiría/ este amor con que odio,/esta esperanza que come panes desesperados.”

O en estos párrafos escritos desde Roma, del volumen Exilio (Nueva Información, Buenos Aires, 1984), un libro de testimonios —los de Gelman en verso y/o prosa poética— junto con su amigo, el periodista y coterráneo Osvaldo Bayer.

Dice Gelman: “Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.

“¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? (…).”