Daños colaterales

Galeano y México en "Los hijos de los días"/ Última

El recién fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano, medalla mexicana del Bicentenario de la Independencia, premio José María Arguedas, premio American Book Award de la Universidad de Washington, premio Dagerman de Suecia y también premio Vázquez Montalbán del Fútbol Club Barcelona, destina más pasajes de la historia mexicana en su original libro-calendario "Los hijos de los días", junto a otros temas históricos relevantes, como por ejemplo el asesinato en El Salvador, en 1975, del destacado poeta Roque Dalton, a manos de sus propios compañeros de la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). (Y aunque en 2012, el Tribunal Superior de San Salvador confirmó el sobreseimiento definitivo de la causa, la familia del poeta sigue acusando al ex líder rebelde, Joaquín Villalobos, a la sazón asesor de seguridad del ex presidente mexicano Felipe Calderón, del crimen).

Dice Galeano en su calendario:

Mayo 10. El imperdonable. El poeta Roque Dalton era jodón y respondón. Nunca aprendió a callar ni a obedecer, y ejercía un desafiante sentido del humor y del amor. En la noche de hoy del año 1975, sus compañeros de la guerrilla de El Salvador lo mataron de un balazo mientras dormía. Criminales: los militantes que matan para castigar las discrepancias son tan criminales como los militares que matan para perpetuar la injusticia.

Mayo 23. La fabricación del poder. En 1937 murió John D. Rockefeller, dueño del mundo, rey del petróleo, fundador de la Standar Oil Company. Había vivido casi un siglo. En la autopsia, no se encontró ningún escrúpulo.

Junio 7. El rey poeta. Nezahualcóyotl murió veinte años antes de que Colón pisara las playas de América. Fue rey de Texcoco, en el vasto valle de México. Allí dejó su voz:  "Se rompe aunque sea oro,/ se quiebra, aunque sea jade,/ se desgarra, aunque sea plumaje de quetzal./ Aquí nadie vivirá por siempre./ También los príncipes a morir vinieron./ Todos tendremos que ir a la región del misterio./ ¿Acaso en vano venimos a la tierra?/ Dejemos, al menos, nuestros cantares".

Julio 7. Fridamanía. En 1954, una manifestación comunista caminó las calles de la Ciudad de México. Frida Kahlo iba ahí, en silla de ruedas. Fue la última vez que la vieron viva. Murió, sin ruido, poco después. Y unos cuantos años pasaron hasta que la fridamanía, tremendo alboroto, la despertó. ¿Resurrección o negocio? ¿Se merecía esto una artista ajena al exitismo y al lindismo, autora de despiadados autorretratos que la mostraban cejijunta y bigotuda, acribillada de agujas y alfileres, acuchillada por treinta y dos operaciones? ¿Y si todo esto fuera mucho más que una manipulación mercantil? ¿Un homenaje del tiempo, que celebra a una mujer capaz de convertir su dolor en color?

Septiembre 4. Te doy mi palabra. En el año 1970, Salvador Allende ganó las elecciones y se consagró presidente de Chile. Y dijo: "Voy a nacionalizar el cobre". Y dijo: "Yo de aquí no salgo vivo". Y cumplió su palabra.

Septiembre 17. Libertadoras mexicanas. Y se acabó la fiesta del Centenario, y toda esa fulgurante basura fue barrida. Y estalló la revolución. La historia recuerda a los jefes revolucionarios, Zapata, Villa y otros machos machos. Las mujeres, que en silencio vivieron, al olvido se fueron. Pero algunas pocas guerreras se negaron a ser borradas. Juana Ramona, La Tigresa, que tomó varias ciudades por asalto; Carmen Vélez, la Generala, que dirigió a trescientos hombres; Ángela Jiménez, maestra en dinamitas, que decía ser Ángel Jiménez; Encarnación Mares, que se cortó las trenzas y llegó a subteniente escondiéndose bajo el ala del sombrerote, "para que no me vea la mujer en los ojos"; Amelia Robles, que tuvo que ser Amelio, y llegó a coronel;  Petra Ruiz, que tuvo que ser Pedro, la que más balas echó para abrir las puertas de la ciudad de México; Rosa Bobadilla, hembra que se negó a ser hombre y con su nombre peleó más de cien batallas; y María Quinteras, que había pactado con el Diablo y ni una sola batalla perdió. Los hombres obedecían sus órdenes. Entre ellos, su marido.   

Octubre 8. Los tres. En 1967, mil setecientos soldados acorralaron al Che Guevara y a sus poquitos guerrilleros en Bolivia, en la Quebrada del Yuro. El Che, prisionero, fue asesinado al día siguiente. En 1919, Emiliano Zapata había sido acribillado en México. En 1934, mataron a Augusto C. Sandino en Nicaragua. Los tres cayeron a balazos, a traición, en emboscada. Los tres, latinoamericanos del siglo veinte, compartieron el mapa y el tiempo. Y los tres fueron castigados por negarse a repetir la historia.

Octubre 9. Yo lo vi que me veía. En 1967, cuando el Che Guevara yacía en la escuela de La Higuera, asesinado por orden de los generales bolivianos y sus lejanos mandantes, una mujer contó lo que había visto. Ella era una más, campesina entre los muchos campesinos que entraron en la escuela y caminaron, lentamente, alrededor del muerto: "–Pasábamos por allí y él nos miraba. Pasábamos por allá y él nos miraba. Él siempre nos miraba. Muy simpático era".

Noviembre 12. No me gusta que me mientan. Sor Juana Inés de la Cruz, nacida en el día de hoy de 1651, fue la más. Nadie voló tan alto en su tierra y en su tiempo. Ella entró muy joven al convento. Creyó que el convento era menos cárcel que la casa. Estaba mal informada. Cuando se enteró, ya era tarde; y años después murió, condenada al silencio, la mujer que mejor decía. Sus carceleros solían prodigarle alabanzas, que ella nunca creyó. En cierta ocasión, un artista de la corte del virrey de México le pintó un retrato que era algo así como una profecía del photoshop. Ella contestó: "Éste, en quien la lisonja ha pretendido/ excusar de los años los horrores,/ y venciendo del tiempo los rigores/ triunfar de la vejez y del olvido,/ es una necia diligencia errada,/ es un afán caduco y, bien mirado,/ es cadáver, es polvo, es sombra, es nada."

Diciembre 17. La llamita. En esta mañana del año 2010, Mohamed Bouazizi venía arrastrando, como todos los días, su carrito de frutas y verduras en algún lugar de Túnez. Como todos los días, llegaron los policías, a cobrar el peaje por ellos inventado. Pero esta mañana, Mohamed no pagó. Los policías lo golpearon, le volcaron el carrito y pisotearon las frutas y verduras desparramadas en el suelo. Entonces Mohamed se regó con gasolina, de la cabeza a los pies, y se prendió fuego. Y esa fogata chiquita, no más alta que cualquier vendedor callejero, alcanzó en pocos días el tamaño de todo el mundo árabe, incendiado por la gente harta de ser nadie.