Daños colaterales

¿Por qué un Nobel a Malala y a las Abuelas de Mayo no?

No es algo excluyente, y de hecho podríamos sumarnos al festejo si el Comité de Oslo le concede mañana la presea de la Paz a la entusiasta y valiente activista paquistaní de apenas 16 años, Malala Yousafzai, que el 9 de octubre de 2012 recibió tres disparos en cabeza y cuello de un disparador talibán por defender el derecho de las niñas de Pakistán a la educación.

Pero ocurre que las también aguerridas y valerosísimas Abuelas de Plaza de Mayo llevan casi cuatro décadas luchando ante la casi indeferencia internacional por recuperar a sus nietos secuestrados-desaparecidos por la última dictadura militar argentina (1976-1983) y desde 2008 integran la lista de candidatos al Nobel de la Paz, aunque el ideologizado comité sueco no ha mostrado sensibilidad hacia su causa.

Las Abuelas se formaron a fines de 1977 bajo plena represión militar para hallar y restituir a sus legítimas familias —salvo que el involucrado no lo desee— a todos los bebés y niños robados desde 1976; crear las condiciones para prevenir que ese crimen contra la humanidad no se repita y lograr el castigo a los responsables. Hasta octubre de 2012, las Abuelas dirigidas por Estela Barnes de Carlotto lograron hallar a 107 de los casi 500 nietos secuestrados.

Un histórico hábeas corpus colectivo firmado en mayo de 19977 por 12 abuelas —entre ellas María Casinelli, consuegra del poeta argentino-mexicano Juan Gelman, premio Cervantes de Literatura y columnista permanente de MILENIO— es considerado el antecedente de su formación. En el escrito denuncian la retención en cautiverio y posterior entrega en adopción de los bebés como “botines de guerra” a altos mandos militares y/o policiales involucrados en la represión como un símbolo de que “el Estado militar es capaz de todo”.

Pero lejos del fasto y de la manipulación mediáticas con que promueve hoy el Nobel de Malala el imperio británico, repentinamente interesado en los derechos de la mujer en el salvaje y polvoso Afganistán —un país rico en gas y minerales y primer productor mundial de amapola adormidera (opio), invadido desde 2001 por EU, la OTAN y Gran Bretaña so pretexto del islamismo talibán—, esta admirable y humilde joven, que vive ahora en Birminghan y publicó el martes en Londres su biografía, co-escrita por la periodista Christina Lamb, I Am Malala: The Girl Who Stood Up for Education and was Shot by the Taliban, dice no querer nada: “Hay mucha gente que se merece el Nobel de la Paz y creo que yo todavía tengo que trabajar mucho”.

Y añade: “Me salvé por una razón: para usar mi vida ayudando a la gente”.