Daños colaterales

Noam Chomsky, "Esperanzas y realidades" y en qué cambió Obama

El libro de la semana

 

A la luz de la declaración de guerra formal hecha esta semana por Barack Obama a la organización sunita ultrarradical Estado Islámico (EI) y la advertencia presidencial de que si bien “no habrá despliegue de tropas en el terreno” —tras las fatídicas experiencias en Irak (2003-2011) y en Afganistán (2001-...)—, en los siguientes “tres años” EU perseguirá al EI y grupos aliados ahí donde ellos actúen, en una clara advertencia de que esta nueva guerra no solo tendrá nuevas modalidades, sino que no conocerá “límites geográficos”— conviene revisar la recopilación de ensayos y conferencias que el destacado lingüista, escritor y politólogo estadunidense Noam Chomsky publicó bajo el título Hopes and Prospects (Haymarket Books, Chicago, 2010), plenamente vigentes hoy. Son 12 capítulos reproducidos en español por Tendencias Editores (Barcelona 2010, 414 pp.), referidos a América Latina y las relaciones de EU con la subregión, así como a la política interna y las relaciones internacionales de la primera potencia mundial. Tras el triunfo electoral de Obama, en noviembre de 2008 —sin duda un “hecho histórico (...), una familia negra en la Casa Blanca es verdaderamente un acontecimiento trascendental”—, el profesor emérito del Massachusetts Institute of Technology (MIT) reflexionó acerca de qué se podía esperar, siendo realistas, de la administración Obama; habida cuenta de la admiración expresa del flamante mandatario por la “figura transformadora” del presidente republicano Ronald Reagan, responsable, recuerda Chomsky, “de ríos de sangre derramados desde América Central hasta África meridional y más allá” y, en lo interno, conocido como “el presidente más proteccionista de la historia de EU en la posguerra”.

En el capítulo 9, “Las elecciones de 2008: la esperanza se enfrenta al mundo real”, el también activista Chomsky (Filadelfia, 1928), considerado uno de los principales críticos de la política exterior de su país, incluso de la perniciosa relación con el establishment israelí pese a su condición de judío, advierte sobre la presencia en el primer gabinete de Obama de dos figuras claramente pro guerra entre los demócratas del Congreso: el vicepresidente Joe Biden y el jefe de gabinete, Rahm Emanuel, ambos activos partidarios de la invasión a Irak (Bush, 2003).

El repaso crítico del equipo de Obama es minucioso en todos los ámbitos: justicia, inteligencia, salud, laboral, con énfasis por supuesto en el sector financiero. Pero en materia de política exterior y guerras, las valoraciones de Chomsky resultan más que precisas a la luz de los hechos:

“No había que esperar demasiado —en rigor “nada”— de su mandato ante el conflicto israelí-palestino —“nada, aparte de un apoyo desprovisto de crítica y, de hecho, entusiasta a los crímenes israelíes”—; tampoco en cuanto a Irak, salvo su “oposición por principios” a la guerra. Una oposición que, en realidad, “como ha dejado claro, ha sido, siempre, carente de principios”, más allá de decir que la invasión a Irak fue “un error estratégico garrafal”.

Sobre la alianza militar occidental, la OTAN, Chomsky adelanta un escenario que la prensa internacional está registrando actualmente, en especial a propósito de la crisis Rusia-Ucrania: la remodelación de ese instrumento de defensa colectiva, que data de 1949, “para convertirla en una fuerza de intervención global mandada por EU, con el efecto secundario de disuadir las iniciativas europeas partidarias de una independencia al estilo gaulista”, además de que su presumible tarea incluya la protección del proyectado gasoducto TAPI para llevar gas natural de Turkmenistán a Pakistán y la India, pasando a través de Afganistán.

Y agrega Chomsky (p. 295): “Lo más probable es que Obama también acepte la doctrina más expansiva de [George W.] Bush según la cual EU no sólo tiene el derecho a invadir países cuándo y cómo le parezca bien (a menos que sea un ‘error garrafal’ que nos resulte demasiado costoso), sino también a atacar a otros que, según afirma Washington, apoyan la resistencia a la agresión”.

“En concreto, —añade— Obama depende más que Bush de los bombardeos con aviones teledirigidos que ya han matado a muchos civiles”.

Sobre Irán, es relevante la observación de Chomsky de que una amplia mayoría de estadunidenses se oponía, al inicio de su mandato, a una confrontación con Irán, incluso discursiva; sumándose el norteamericano promedio, según las encuestas, a aquellos que en el mundo apoyaban, y aún hoy lo siguen haciendo, el derecho a Irán a enriquecer uranio enriquecido con fines pacíficos. Obama logró salirse al menos del discurso de los Cheney, los Rumsfeld, los Kissinger, etc. sobre “el amenazador tirano chiita”, al punto de confrontar públicamente en estos días con el líder israelí, Benjamín Netanyahu acerca del programa nuclear de Teherán.

Pero Chomsky no es muy optimista sobre las capacidades y la voluntad real de Obama de sumar a la sociedad como parte activa de las decisiones del poder, aunque dejó entonces la puerta abierta. “¿Cuál sería el contenido de la ‘marca Obama’ si la población llegara a convertirse en ‘participante’, en lugar de mera ‘espectadora de la acción’? Es un experimento que vale la pena realizar, no sólo en este caso, y existen motivos para suponer que los resultados podrían señalar el camino hacia un mundo más cuerdo y decente”.