Daños colaterales

Algo más sobre "Yo soy Malala" y la barbarie yihadista


El libro de la semana

 

En la ilustrativa biografía de Malala Yousafzai, la joven paquistaní que defendió el derecho a la educación y fue tiroteada por los talibanes de su país, publicada en EU como I Am Malala (Ed. Little, Brown and Company, New York, 2013) y en México Yo soy Malala (Alianza Editorial; quinta reimpresión, julio de 2014), hay entre sus varias líneas narrativas una esencial referida al papel de la rebelión talibán yihadista —algo así como los “guerreros de Alá”— en Pakistán; cuyo comportamiento sigue provocando dudas e interrogantes como en su vecino Afganistán. Más aun cuando, en paralelo, un fenómeno criminal similar, la organización ultrarradical Estado Islámico (EI), de raíz sunita al igual que los talibanes —creados en los años de 1980 por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) contra Rusia—, se ha convertido, paradójicamente, con sus bárbaros e irracionales crímenes en Irak y en Siria, en el mejor aliado del Pentágono y de Israel en Oriente Medio. El objetivo en común: derrocar en Siria al gobierno pro chiita de Bashar Asad y reempoderar en Irak a la minoría sunita, desplazada del poder tras la catastrófica y mentirosa invasión de George W. Bush y Tony Blair, en marzo de 2003. 

El principal grupo talibán en la tierra de Malala, el Movimiento de los Talibanes en Pakistán (TTP) nació en 2007 y es considerado una organización “paraguas”: nuclea a una treintena de facciones yihadistas cuya aspiración es establecer un Estado islámico y disputa el poder al gobierno central. Acusados del asesinato con bomba de la ex primera ministra Benazir Bhutto, combatieron en su inicio al régimen del general Pervez Musharraf, enemigo de EU. Su tercer líder tras la muerte de sus dos primeros, Baitulá Mehsud y Hakimullah Mehsud, fue el mulá Fazlullah, antiguo jefe de los talibanes en el valle del Swat, en Mingora, la cuna de Malala (12 de julio de 1997) –hoy Premio Nobel de la Paz– y está acusado de haber ordenado el atentado en su contra.

En su último y atroz ataque, el 16 de diciembre de 2014, a una escuela pública de la ciudad de Peshawar, cercana a Mingora, administrada por el ejército de Pakistán, murieron acribilladas a tiros más de 145 personas, en su mayoría niños de 10 a 18 años. Malala, quien desde fines de 2012 vive con su familia en Birmingham tras salvar milagrosamente su vida de un ataque del TTP, en octubre de 2012, condenó con fuerza la masacre estudiantil. En 2014, hubo más de 1,700 ataques de yihadistas en Pakistán –61 por ciento de ellos reclamados por el TTP–, con saldo de unas 2,500 personas muertas, 19 por ciento más que en los dos años anteriores (El País, EFE).

Sobre el TTP y sus crímenes, la preparada y lúcida Malala dice, siempre respaldada por el pensamiento religioso pero crítico de su padre, el pashtún Ziauddin Yousafzai, maestro y director de escuela para niñas en Swat: “No entendía qué estaban intentando los talibanes. Insultan nuestra religión. (...). ¿Cómo va alguien a aceptar el islam si le ponen un arma en la cabeza y le dicen que el islam es la verdadera religión? Si quieren que todo el mundo sea musulmán, ¿por qué no actúan ellos primero como buenos musulmanes?”.

Sobre la “talibanización” de la vida del país, Malala cita a un funcionario de educación de Mingora, que lamenta que el gobierno “haya puesto armas en las manos de estudiantes de madrasas [escuelas coránicas] a petición de potencias extranjeras. (De no ser por ello) no estaríamos ahora ante este baño de sangre en las zonas tribales y en Swat”.

En otro capítulo (“El valle de las desgracias”), Malala evoca la insólita crecida, a mediados de 2010, del caudaloso río Indo. “Unas dos mil personas se habían ahogado y había catorce millones de afectados.  (...) Nadie entendía cómo había ocurrido algo así. La gente llevaba viviendo en Swat junto al río tres mil años y siempre había visto en él una fuente de vida, no una amenaza. (...) Después de los grupos islámicos, la principal ayuda vino del ejército. No sólo de nuestro ejército. Los estadunidenses también enviaron helicópteros, lo que hizo que alguna gente sospechara. Circulaba una teoría de que la devastación la habían provocado los estadunidenses con algo llamado HAARP (Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), que origina grandes olas bajo el océano y habrían inundado nuestra tierra. Entonces, con el pretexto de traer ayuda, podrían entrar legítimamente en Pakistán y espiar todos nuestros secretos”.