Daños colaterales

'Yo soy Malala', una autobiografía excepcional


El libro de la semana

En realidad, además del relato, lo que resulta excepcional es la vida de la casi niña paquistaní, hoy de 17 años, Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz 2014, que desea ser conocida como "la joven que defendió el derecho a la educación y fui tiroteada por los talibanes". A los 11 años ya tenía un blog para el servicio en urdu de la BBC de Londres y bajo el pseudónimo Gul Makai fue invitada a escribir sobre la lucha de su familia por la educación de las niñas en su comunidad, en Gulkada ("lugar de flores"), Mingora, la población más grande del espléndido valle de Swat, a 160 km al noreste de la capital de Pakistán, Islamabad y de la ciudad de Abbottabad, donde el 2 de mayo de 2011 fue muerto supuestamente por fuerzas especiales del Pentágono, los Navy SEAL, el líder de Al Qaeda, el millonario saudí Osama bin Laden, en su disimulada vivienda tras un gran muro de 3.3 metros de alto, a tan solo mil metros de la academia militar y a 100 km de la capital. Hacía cinco años que Bin Laden ocupaba ese predio, a sabiendas al parecer del ISI, el principal organismo de espionaje de Pakistán, ligado a su vez a los talibanes de SWAT —donde Bin Laden llegó incluso a refugiarse—, el mismo año en que Malala recibiera el Premio Nacional de la Paz paquistaní y 17 meses antes de que una de las mejores alumnas de Swat fuera atacada a tiros, el martes 9 de octubre de 2012, cuando regresaba de clases. Los talibanes del vecino Afganistán habían tomado el poder en Kabul, en 1996, y tras la invasión de EU a ese país centro-asiático en noviembre de 2001, en busca del refugiado Bin Laden en represalia por los ataques del 11-S contra Nueva York y Washington, los guerrilleros fundamentalistas —formados por la CIA y el Pentágono en los años de 1980 para enfrentarse y expulsar de Afganistán al ejército soviético— también vieron cómo se expandía la influencia de los talibanes de la tierra de Malala, que en abril de 2009 llegaron a controlar por completo el valle de Swat. El flamante presidente Barack Obama se aprestaba a enviar 33 mil soldados a Afganistán para dar continuidad a la guerra "contra el terror" iniciada por George W. Bush, y la pequeña Malala, niña al fin, entrelaza esos acontecimientos y la muerte de Bin Laden con sus últimos recuerdos de niña: "Un lunes, me disponía a medirme en la pared para ver si milagrosamente había crecido por la noche, cuando oí hablar muy alto en la habitación de al lado. Habían llegado amigos de mi padre con una noticia difícil de creer. Durante la noche, los Navy SEAL, habían matado a Osama".

Figura central del libro y también de la vida de Malala, su padre, Ziuadin Yousafzai (1969), maestro y director de escuela en Swat hasta el atentado contra su hija, ha sido el principal defensor del derecho de Malala a la educación, en un país donde nacer mujer aún sigue siendo motivo de tristeza para los miembros de las familias pashtunes, en especial para los hombres Pero, desde el momento en que Malala nació, lleno de alegría, pidió a sus amigos que echaran frutas secas, dulces y monedas en su cuna, algo que normalmente solo se hace con los hijos varones. Y le puso el nombre de Malalai de Maiwand, la mayor heroína de Pakistán.

La madre de Malala, Tor Pekai Yousafzai, que el día del atentado contra su hija se aprestaba a asistir a su primer día de clases en Swat para dejar atrás su analfabetismo, ha sido otro personaje valiente y clave en la vida de la joven activista. Junto a sus otros dos hijos menores, Tor Pekai aprendió finalmente el año pasado a leer y escribir, incluso a hablar un poco de inglés en el forzado exilio familiar en Birmingham, la segunda ciudad en importancia del Reino Unido, que acogió a los Yousafzai tras hacerse cargo de la atención médica de Malala.

Entre muchas otras de sus reflexiones, Malala reconoce lo difícil que ha sido para sus padres abandonar Pakistán, donde su padre trabajó durante dos décadas para construir de la nada una escuela para niñas y niños, que hoy es atendida por colegas y consta de tres edificios, 70 maestros y mil 100 alumnos.

De Swat, anexado a Pakistán en 1969, el mismo año en que nació su padre, "echamos todo de menos, hasta el río pestilente", dice Malala, cuyo rostro y cerebro fueron parcialmente dañados en el ataque directo al rostro pero luego reconstruido por médicos británicos de Queen Elizabeth Hospital de Birmingham, "que me aseguraron todo lo que necesitaba, aunque eso supiera ir cada día por hamburguesas al KFC", evoca con picardía la hoy directora del Malala Fund, convencida de que "cada niña, y cada niño, tiene la capacidad de cambiar el mundo; todo lo que necesita es la oportunidad".

La reconocida corresponsal de guerra británica Christina Lamb ayudó a Malala, que antes de llegar herida a Londres ya dominaba el inglés, a contar su historia en I am Malala (Little, Brown and Co., NY., 2013) y Yo soy Malala (Alianza Editorial, México, 2014).

"Un niño, un profesor y un lápiz pueden cambiar el mundo", no se cansa de asegurar Malala, quien recibió el Nobel de la Paz el 10 de diciembre anterior, convencida de que de ninguna manera el islam prohíbe el derecho básico de las niñas a la educación. Al contrario, afirma Malala, quien no renuncia a poder regresar algún a su entrañable Swat, "el Corán dice que debemos buscar el conocimiento, estudiar y esforzarnos para comprender los misterios de nuestro mundo".