Daños colaterales

Jerusalén, una historia trágica

El libro de la semana


Con casi un millón de habitantes en apenas 125.2 km2, la milenaria Yerushaláyim, la Ciudad de Paz para los judíos, y Al Quds, “La Santa”, para los árabes, se ha convertido a la vuelta de los siglos en un espacio central de lo que la experta británica Karen Armstrong llama la “geografía sagrada” de las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, islamismo y cristianismo.

En 1980 por la Ley de Jerusalén, el establishment israelí anexionó la disputada ciudad como su capital, lo que fue rechazado por el Consejo de Seguridad de la ONU en su Resolución 478, que calificó la medida como violatoria del Derecho Internacional, a raíz de lo cual los países con presencia en Israel trasladaron sus sedes diplomáticas a Tel Aviv.

En su célebre libro Jerusalem. One City, Three Faiths (Knopf, 1996. En español  Jerusalén. Una ciudad y tres religiones, Paidós, España, 1997, pp. 574) , Armstrong afirma que para los israelíes, es un “mito” (una “falsedad total”) el relato de los musulmanes sobre la ascensión al cielo del profeta Mahoma desde la Cúpula de la Roca, el santuario ubicado en el centro del Monte del Templo (como le llaman los judíos) construido por el noveno califa, Abd Malik en 687-691, en torno de la roca en la que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac y desde la cual Mahoma (Corán, Sura 17) ascendió al trono de Alá durante una travesía nocturna hasta la ciudad de Medina, en Arabia Saudí. De ahí que para el islam, tanto la Cúpula de la Roca como la mezquita Al-Aqsa, construida en el año 705 en el extremo sur de la Explanada de las Mezquitas, que alberga ambos monumentos, sean su tercer lugar sagrado, después de las mezquitas de Medina y La Meca, también en Arabia Saudí.

Desde el siglo VII, la Explanada ha estado reservada mayoritariamente a los rezos coránicos y administrada por los musulmanes. En 1994, la vecina monarquía de Jordania asumió su control como parte de los acuerdos de paz con Israel. Pero en las últimas semanas la convulsión volvió a la Ciudad Santa, ante la provocación de los judíos religiosos ultraortodoxos que reclaman su derecho a rezar ellos también —en realidad, “solamente ellos”— en el sitio donde el rey Salomón construyó el primer templo en la entonces explanada del monte Moriá. De ahí que los judíos hablen hoy del “Monte del Templo”, saqueado por el faraón egipcio Sheshonq (925 a. C.) y destruido por las tropas romanas de Tito en el 70 d. C., luego de haber sido reconstruido por Herodes.

Pero contra los mismos preceptos judíos que dicen que el Tercer Templo solo podrá ser reconstruido con el advenimiento del mesías del judaísmo (que para los neoconservadores y neocristianos de EU está “próximo a llegar a Israel”, lo que en parte explica su sinergia con el establishment militar-industrial israelí), los ultraortodoxos exigen su construcción. Si por ellos fuera, ampliarían su cruzada a todo el territorio de Jerusalén Este y Cisjordania que, aseguran, junto con la estrecha y mediterránea Franja de Gaza, constituyen la Tierra de Israel (antigua Canaán), junto a un sector de Jordania.

Frente a esto, Armstrong cita la posición de los musulmanes, cuando para ellos “no hay absolutamente ninguna prueba arqueológica del reino judío fundado por el rey David y tampoco se ha encontrado ningún vestigio del Templo de Salomón. No se menciona el reino de Israel en ningún texto contemporáneo, sino únicamente en la Biblia”, aducen.

Y en una reflexión de mucha vigencia, la especialista, ex monja católica y una de las voces más reconocidas en Gran Bretaña en asuntos religiosos, recuerda que en términos monoteístas “considerar un santuario o una ciudad como el fin último de la religión es idolatría”; más aun cuando todas las religiones principales “han insistido en la importancia de trascender el ego frágil y voraz, que con tanta frecuencia denigra a los otros en su ansia de seguridad”.

Agrega, en un texto escrito hace ya 17 años, que “en ambas partes las actitudes se endurecen después de una atrocidad” y las acciones [agresiones, matanzas, etc.] pasan a ser “una parodia de la religión, lo que ha sido frecuente en la historia de Jerusalén”. Porque “una vez que la posesión de un país o de una ciudad se convierte en un fin en sí mismo, ya no hay razón para abstenerse del asesinato”.