Daños colaterales

Israel y la vergüenza de ser judío

La nueva provocación del establishment militar-industrial israelí al derecho internacional y al cada vez más hambreado y despojado pueblo palestino se llama hoy “Explanada de las Mezquitas”. El fin último: despojar a los musulmanes de ese espacio de oración, donde se encuentra la mezquita de Al-Aqsa, tercera en la jerarquía del islam después de Medina y La Meca, como parte de su estrategia de apoderarse finalmente de lo que queda de Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza, esto es el Estado Palestino.

En una carrera contra el tiempo —que desde 1948 juega dramáticamente contra los ocupados— el establishment militar-industrial (laico, porque la religión judía es una religión de paz) emergió de la guerra de julio-agosto contra Gaza evidentemente ensoberbecido frente al contundente apoyo popular recibido por Netanyahu y su propia capacidad de destrucción, con más de dos mil dos palestinos muertos en 50 días y cinco mil millones de dólares en daños a la arruinada economía gazatí.

So pretexto de la “imperiosa necesidad” de los judíos ultraortodoxos y ultranacionalistas de poder orar en el lugar donde en el 587 a.C. estuvo su primer templo, y en el 70 d.C. el segundo, la nueva guerra por el control total de Jerusalén está planteada; resultando, además, el egoísmo narcisista de los ultraortodoxos judíos la peor afrenta al dios que dicen honrar, y su felicidad la empresa más costosa en vidas en Oriente Medio desde hace casi siete décadas.

Al respecto, los llamados del premier Netanyahu a que “impere la moderación” levantan una cortina de humo a la que se ha mostrado tan afecto su gobierno, que ha sabido seguir los teatrales pasos de su antecesor Ariel Sharon, cuyo mayor acto de histrionismo fue ordenar la desocupación inmediata del ejército y colonos israelíes de Gaza (2005), pero para concentrarse en la ocupación de Jerusalén Este y Cisjordania, desmembrando sus tierras por vía de los ilegales “asentamientos” de colonos.

Hace 66 años que esta política llegó para quedarse y lo único que uno puede sentir como ser humano es asco y vergüenza. Peor aún, si la mitad de la sangre que uno lleva es judía y tuvimos la bendición de ser educados en el rechazo más tajante al abominable exterminio de millones de judíos a manos de los nazis.